Modernez ruidosa y vacía, con una narración tan efectista como vacía, aparatoso embalaje que esconde hueco, intento fallido de emular la estética de nuevo cine negro que Tarantino impulsó.

★☆☆☆☆ Pésima

Sultanes

Siguen empeñados algunos nuevos directores en retomar caminos que otros abrieron sin el mínimo talento necesario. Y siguen queriendo ser originales, que es lo más gracioso. Cuando la falta de creatividad impide deslumbrar con aquéllo de la reinvención, más vale quedarse a medio camino y dejarse de inventos. Y qué mejor género que el thriller para ponerse a hacer florituras. Si al travieso Tarantino le hubieran dicho en 1992 que sus perros rabiosos con traje de Armani llegarían a dejar tanta huella se hubiera descojonado, y normal. Puestos a ser gamberros, nadie como él para deconstruir esquemas clásicos y reírse de la violencia. Más que reírse, glorificar la violencia. No al estilo de los viejos maestros, ni en broma. Una gloria más ligera, sin peso filosófico, puesta al servicio de sus tramas juguetonas y su narratividad postmoderna.
Aunque haya un plano que calca el célebre pase de modelos de RESERVOIR DOGS, la herencia no llega a más en esta segunda película del mexicano Alejandro Lozano. Además, aún estando seguro de que no pretendía rodar una comedia, el resultado no puede -ni debe- tomarse en serio. Cierto que SULTANES intenta ajustarse al thriller de subgénero atracos, cierto que consigue -y no siempre- pintar la negrura del género con el uso de la luz, cierto que hay intención de hacer ruido. Lo peor es que rascamos y no encontramos nada más que eso. Ruido. Para empezar, un insulto. Peor, una blasfemia. Pretender evocar la estructura circular en esa obra maestra de Brian de Palma llamada CARLITO´S WAY (1993). El arranque y la conclusión de la historia que de Palma revestía de aliento trágico queda aquí en algo grotesco, ni voz en off ni planos en ralentí ni nada. Grotesco.

A partir de ahí, se puede esperar de todo. Y no defrauda. El relato hace acopio de todo el arsenal. Banda de ladrones de altos vuelos, de los de corbata y buenas maneras. No tan carismáticos como reza la publicidad de la película, pero cumplen. Todos los estereotipos en versión hijos de la chingada. El astuto líder -Jordi Mollà-, el rudo y apuesto -Tony Dalton, a su vez culpable del guión-,el pringado -Silverio Palacios- y la chica recauchutada -Ana de la Reguera-. Gran sucursal bancaria, 12 millones de dólares, toma de rehenes, huidas, intercambio de dinero fallido, tiroteos, persecuciones, siniestros capos locales, chantajes, venganzas, víscera pura. No hace falta acumular más clichés, con los que se han usado andamos sobrados para saber a qué corriente se amolda, al menos en teoría. Envuelve todo el metraje un aire de quiero y no puedo, un tufo a cosas ya revistas pero peor hechas, un aroma a obra de manual del cine de acción aunque tan aparatoso que cansa, tan lleno de vacío que acaba explotando antes de llenarse. Apología de la nada.

Pero el problema de Lozano y su voluntarioso equipo no es la historia, que de plana y adolescente se derrumba enseguida. Tampoco es este catálogo de delincuentes de diseño con la profundidad de un sello. Eso podríamos hasta superarlo, aunque con esfuerzo. Lo más molesto es el ruido. No hay nada peor que no tener algo interesante que contar y contarlo como si se tuviera algo interesante que contar. Perdón por el embrollo semántico. Eso de mucho ruido y poca chicha -¿o era nueces?- se cumple a rajatabla. SULTANES opta por la grandilocuencia sin relleno, es una agotadora exposición de recursos audiovisuales que encubren las debilidades narrativas y de cualquier otro tipo. Su sacrílego inicio podría hacernos caer en la ilusión de un tributo con acento guey, incluso una parodia. Pero es sólo una ilusión, pronto se revela como el producto fácil, complaciente – rozando el plagio empobrecedor-, que su febril desarrollo argumental confirmará. Un despropósito.

Queda la sensación de asistir a otra obra más del rebaño de nuevos modernos nacidos tras la ola tarantiniana, entre los que adivino quiere integrarse el director. Son piezas de relojería, más pretenciosas que sorprendentes, más frenéticas que intensas, de estética televisiva a veces cansina, cine de plástico que invita al palomiteo voraz. SULTANES olvida en su camino darle coherencia a lo que sólo es fachada espectacular, incluidos sus diálogos de chiste. También queda una duda. ¿Qué habrían hecho Guy Ritchie, o Danny Boyle, o el mismo Robert Rodríguez con este material? Quizá no una obra maestra, pero al menos harían que tomáramos en serio su gamberrada. Por si acaso, yo sigo soñando. Sueño con una secuencia magistral. Un atraco. La mejor escena de acción de los 90, y sin cámara epiléptica. Un clásico moderno -éste de verdad-. Michael Mann resucitando el policíaco con sobriedad y elegancia. Con el pulso firme de los maestros. El mejor modelo a seguir para saber a qué sabe la grandeza.
Lo mejor: Que te ríes sin que sea una comedia.
Lo peor: Todo.
publicado por Tomás Diaz el 14 mayo, 2008

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