Tenso y respetable homenaje a un género medular en la historia del cine, con sabia imbricación del drama familiar y los patrones del thriller más vibrante, escenas poderosas y un Joaquín Phoenix al que no hace falta mucho para erigirse en leyenda.

★★★★☆ Muy Buena

La noche es nuestra

Es difícil que un género tan estandarizado como el policíaco ofrezca títulos que lo salven del agotamiento. En cuestiones de narrativa, ya se sabe que la industria yanqui es capaz de lo mejor si acompaña su potencia visual con temáticas atractivas. Por infrecuentes que sean, se agradece el estreno de obras que mantengan a flote fórmulas dramáticas corrompidas por su reiteración en el formato televisivo. La lucha contra el desorden público y la delincuencia, el combate entre lealtad y traición, el sentido de la responsabilidad ética, la redención de íntimas culpas o la cuestionable solidez de los lazos familiares

siempre han sido valores seguros para guionistas y productores, y cada cierto tiempo asoma una digna revisión de viejos asuntos. Aún careciendo del siempre estimulante potencial reformulador, sirven para refrescar un grueso de producción mecánico y sin alicientes.

El universo de LA NOCHE ES NUESTRA despide un aroma a clasicismo en todos los niveles. James Gray ha confesado la influencia de obras legendarias cuya estética poderosa ha sido mimetizada hasta el cansancio. Obras que ensalzaron el magnetismo de atmósferas sombrías con personajes al excitante margen de la ley. Un cine que daba cabida a carismáticos jefes mafiosos al frente de complejas redes de corrupción, extorsiones y asesinatos tan jugosos para el público. Enfrente, los defensores de una legalidad de límites dudosos empeñada en abrillantar una Norteamérica oscura, desprestigiada, violenta. Todo este territorio inolvidable resurge aquí, aunque quizá reclame los niveles artísticos de otro director y un texto mejor rematado para erigirse en obra maestra de un cine negro genuinamente contemporáneo.

Los dos hermanos protagonistas encarnan la dualidad bien-mal, pero Gray matizará pronto un esquema tan básico en un guión que dosifica con elegancia su material desde la desprejuiciada asunción de sus códigos referenciales. Joseph, hijo modelo que sigue los pasos profesionales de su padre, un veterano jefe de policía, se enfrentará a la mafia rusa que mueve la droga a gran escala en Nueva York. Su hermano Bobby -que mantiene oculta su relación familiar– trabaja en un club nocturno regentado por un pez gordo y frecuentado por el sobrino de éste, un siniestro traficante que hará peligrar una vida placentera e independiente. De carácter vitalista y alérgico a las normas, pronto se verá inmerso en una dinámica criminal que alterará su visión de la familia, la relación con su chica y el sentido de la justicia. La historia actualiza el bíblico enfrentamiento entre hermanos opuestos bajo la figura ejemplar del padre, y, sin alcanzar la brillantez, es capaz de elaborar un discurso tenso y enérgico que antepone los diálogos a la acción desmedida. Un discurso que acabará derivando en la defensa obvia de este lado de la ley, el que promueve y ensalza el orden frente al caos, la victoria de los afectos por encima del desarraigo vital. Quizá sorprenda una solución tan convencional y carente de riesgo, pero el regusto a buen cine elimina posibles recelos.

LA NOCHE ES NUESTRA nos brinda un relato pausado que va absorbiendo al espectador con secuencias diseñadas desde la sobriedad formal, sin los ímpetus adquiridos por títulos coetáneos de semejante identidad genérica. En su eficaz interrelación del drama familiar y la intriga criminal, la película desgrana el conflicto valiéndose de tonos fríos, oscuros y metálicos que explotan los rincones sórdidos de una ciudad pletórica de nocturnidad. Abundan los planos abiertos, con profundidad de campo, para insertar a los personajes en esos espacios de desasosiego y asfixia, de una violencia contenida. La simbiosis entre densidad emocional y una tenebrosa ambientación es perfecta, el marco escénico envuelve con precisión una progresión dramática firme, sólo fallida en su tramo final. Si obviamos esta última parte del guión -efectista, anticlimático y torpe-, el conjunto otorga corrección a unos patrones tan manidos, con puntuales destellos de excelencia tanto en la evolución psicológica del protagonista como en la resolución de ciertas secuencias. Logra especial impacto la persecución en mitad de la lluvia, planificada desde el interior de uno de los coches, con un dominio maestro del ritmo y la carga adrenalítica. Es aquí cuando asoma sin complejos la herencia múltiple de Gray, su respetuosa mirada a una iconografía medular en nuestros sueños cinéfilos.

Aunque comienza el relato lleno de lugares comunes, enseguida toma impulso gracias al esfuerzo del director por dimensionar unos roles un tanto estereotipados. Sin embargo, la historia terminará dándole una mayor entidad a Bobby, cuyas peligrosas relaciones con la organización rusa acarrearán efectos catárticos para él -la sombra del padre fallecido le impulsa a retomar la senda de lo correcto, lo que se espera de un hijo-. En este sentido, ha contado con unos actores que aportan credibilidad y oficio al asunto. Pero será Joaquin Phoenix quien acapare la acción y la presencia ante la cámara, su personaje se enriquece con la mirada turbia, atormentada, de una intensidad que abruma. El actor hereda con dignidad el halo mítico de su hermano River y lo engrandece en cada papel que interpreta -glorioso su angustiado Cómodo en GLADIATOR-. Es el actor perfecto para dotar de aristas al clásico antihéroe y eclipsar a quien comparta plano con él. No extraña que su amigo James Gray vuelva a reclamar su talento -tras LA OTRA CARA DEL CRIMEN, otra vez junto a Mark Wahlberg- para lubricar con su presencia este sólido, puntualmente eléctrico thriller que recorre los laberintos de una sociedad crispada, turbulenta, brutal, el paisaje enfermizo de contiendas más personales.

Lo mejor: El tono sombrío y el personaje central. Joaquin Phoenix, su mirada turbia, su presencia. La escena de la persecución en coche.
Lo peor: Que podría haber sido una obra maestra.
publicado por Tomás Diaz el 7 mayo, 2008

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