Mitad comedia bufa, mitad tragedia griega o tal vez el espejo de la sociedad que inevitablemente se va creando, La edad de la ignorancia es una sátira sobre la soledad, sobre la incomunicación, sobre el miedo a que no nos escuchen, a que no nos amen.

★★★☆☆ Buena

La Edad de la Ignorancia

Al principio pensé en que La edad de la ignorancia iba a ser una comedia bufa, una especie de opereta de tres peniques con personajes surrealistas, pero se tarda muy poco en percibir que nada induce a la risa: el patético Jean Marie Leblanc, un funcionario que no funciona, un triste ciudadano cuya vida sólo se existe cuando su fantasía se encabrita y se cree un novelista de éxito o un político consagrado. En realidad, Jean Marie es un cincuentón verde que todavía guarda ejemplares del Playboy con los que se procura el placer que su mujer no le proporciona, un trabajador insensible que fuma a escondidas y que no tiene relación alguna con sus dos hijas. Hacia el primer tercio del film pensé en Kafka, pensé en el héroe gris de American beauty, pensé tozudamente en el desasosiego de una vida enferma que desaloja cualquier esperanza de luz. Definitivamente La edad de la ignorancia, a pesar del jocoso cartel y de las idas y venidas de mujeres desnudas o del desconcertante arranque, en el que Rufus Wainwright, extraído de la portada del Discovery de mi amada E.L.O., canta una pieza entre lo vodevilesco y lo operístico mientras una rubia jaquetona y procaz se revuelve entre sábanas de raso y cojines persas de sueño de Sherezade. A la mitad de la película, Kafka ya ha tomado las riendas de la trama: todo es absurdo, un absurdo absurdamente consentido.
El director canadiense Denys Arcand (de quien sólo he visto la muy entretenida El declive del imperio americano) hurga en la incomunicación del mundo, en su capacidad para crear burbujas en las que alojar a sus habitantes más sensibles. Los que no lo son, aquellos ajenos al dolor o a la emoción, viven en sus oficinas, venden pisos, se fuman una cajetilla en un atasco o gastan un tercio de la nómina en alitas de pollo prefabricados que devoran sin apetito mientras las noticias vocinglan que el virus de la estupidez (o era una enfermedad de verdad) ya se ha cobrado miles de vidas. Y va a más. Arcand mezcla con inteligencia (a veces una inteligencia cargante, excesivamente a gusta consigo misma) brochazos de comedia negra y finas líneas de cinismo y de hipocresia, de egoísmo y de insatisfacción. Nada que no podamos ver en el mundo o que no podamos sentir cerca. Ojalá nunca demasiado cerca. El apocado y fantasioso Jean Marie lee El libro del desasosiego, la obra negra del negro Pessoa, mientras su madre muere en una cama de un psiquiátrico. Ese Jean Marie es el mismo que sueña con la grandeza y con el lirismo, con la vida de los otros, pero hasta la fantasía le exaspera. En el último tramo de la película, despide a los fantasmas que le han mantenido con vida los últimos años: los manda a paseo, los ignora y se refugia en una casa a la vera de la playa, en un idílico vergel de paz y de manzanas, en donde el tiempo transcurre con la parsimonia que exige su desintoxicación. De hecho, Arcand no finaliza su película: la deja abierta, crea la sensación de que tal vez nuestro héroe doméstico, el pajillero convulso que ha malgastado su vida en la familia equivocada, haya muerto y la casa azotada por las olas (que son también grises) sea el cielo, algún tipo de cielo corregible e inofensivo.
El burócrata sentimental ha desafiado las leyes y ha encontrado la paz en la mansedumbre de un cesto de manzanas en el que poder evadirse y sobre el que proyectar (sin ningún tipo de prisa, ajeno a ninguna obligación) sus ansias, sus deseos, la inequívoca raza de sus sentimientos.
Sin ser una película redonda, que no lo es, La edad de la ignorancia (terrible título del original en francés L’age des tenebres) consigue involucrarnos en su delirante trama. Eso, en estos tiempos, es mucho.
Lo mejor: El argumento, los delirios...
Lo peor: Que algunos la confundan con una historieta de chalados o salidetes ( a la luz del excesivo cartel)
publicado por Emilio Calvo de Mora el 14 abril, 2008

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