La Edad de la Ignorancia es una película que flojea por la incapacidad de Denys Arcand de atreverse a mantener la frescura e ingenio inicial, y no puede evitar acabar sucumbiendo a la pedantería natural de su cine.

★★☆☆☆ Mediocre

La Edad de la Ignorancia

Denys Arcand sorprendió a todos hace cuatro años al ganar con Las Invasiones Bárbaras el Oscar a la Mejor Película de Lengua no Inglesa, todo un hito para el cine canadiense. Además de haber sido nominado al Oscar al Mejor Guión Original y haber arrasado en los Premios César de la Academia francesa. Y tras eso, un par de años de reflexión para preparar su nueva película.

La Edad de la Ignorancia cierra la trilogía que el cineasta canadiense inició con El Declive del Imperio Americano y continuó con Las Invasiones Bárbaras. Sin embargo, este nuevo film tiene pocas cosas en común con los anteriores, excepto retratar al ser humano anodino de mediana edad y sus perspectivas de cara al futuro. Pero la principal diferencia radica en el optimismo de La Edad de la Ignorancia, cuya trama está enfocada desde la óptica de una comedia con toques de realismo mágico. Ese contraste entre la vida real y las fantasías de Jean-Marc son lo mejor de una película que tiene unos primeros minutos muy buenos (el retrato del gobierno de Québec es fabuloso). Con el transcurso de los minutos, Arcand empieza a perder el pulso y le indica claramente al espectador que va a comenzar el discurso “serio” y “trascendente” del film. Al perder deliberadamente ese contrapunto cómico, Arcand hace sucumbir a la película en la pedantería más profunda y el aburrimiento acaba por extenderse entre el patio de butacas. Todos los actores están muy bien, pero destacan un sobrio Marc Labrèche y una divertidísima Emma de Caunes, que con su pequeño personaje consigue brillar y arrancar una carcajada al espectador en cada una de sus intervenciones.

La Edad de la Ignorancia es una película que flojea por la incapacidad de Denys Arcand de atreverse a mantener la frescura e ingenio inicial, y no puede evitar acabar sucumbiendo a la pedantería natural de su cine. Es triste ver cómo una buena idea acaba desperdiciada, diluida en un film con más oscuros que claros.

         

     

     

     

  

Lo mejor: El optimismo y la alegría de la primera mitad de la película.
Lo peor: Que al final se acabe imponiendo el discurso pedante de Denys Arcand.
publicado por Francisco Bellón el 13 abril, 2008

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