Pudo haberse quedado en el corto, pero la idea (buena, no se niegue la evidencia) quiso llevarse más alla y el resultado queda lastrado por una ampulosidad y un alargamiento que no conviene para la sucinta información que pretende darse…

★★☆☆☆ Mediocre

Cashback

Volvamos al primer principio, demos a la teoría una relevancia que se está perdiendo, consideremos (por último) que el clasicismo, en materia narrativa, consiste en cumplir una serie de condiciones inexcusables para que el cine funcione como espectáculo total y no como una exhibición de la vanguardia artística o como un parada de fastos y guiños.
Cashback, por ratos, parece eso: un ligereza interesante, un modo de hacer cine de vanguardia, exquisitamente tratado, sin abandonar por un instante las reglas básicas, sobre las que se fundamenta el proceso de hacer una película, pero carente (o casi huérfano) de un guión estable, que propicie el seguimiento natural de la trama sin que tengamos que considerar méritos secundarios tomados como principales o debamos prestar excesiva atención al oropel, a lo nítidamente accesorio. Porque méritos secundarios, poses, guiños cultos y ganas de llamar la atención Cashback tiene bastantes, pero no por eso podemos considerarla una película de calidad. No lo es en absoluto.
Su trascendencia visual está amortiguada por su vacuidad narrativa. A pesar de que el casting lo hace de maravilla, no existe una complicidad a nivel literario. La historia, que la hay, no alcanza el punto de agarre con las imágenes que posibilite el fundamental y asombroso hecho (todavía lo es, pese a los ciento y poco años de este invento) de ver una película, de ver un cuento que dura dos horas. El descalabro forma-fondo lastra una idea original que mezcla con sobria inteligencia, mezclando humor, comedia burda y hasta un melodrama interno muy considerable, los artefactos propios de la imaginación posmoderna (congelar el tiempo, desnudar a las clientas de un gran supermercado) con las emociones que ese acto de voyeurista vandálica provoca en quien, ufano de su talento, lo ejerce.
Sean Ellis, fotógrafo, cortometrajista de éxito y ahora director de moda, disecciona el insemnio: lo registra, lo eleva a un categoría casi artística y hace que su triste protagonista, el que lo sufre, se convierta en una especie de héroe íntimo o de anti-héroe doméstico, es lo mismo; en todo caso, un tipo vulgar que por las circunstancias de su sensibilidad (todos tenemos una: hay que alimentarla, hay que amarla) encuentra un juguete adictivo, singular e inofensivo. ¿ O no lo es?No he visto el corto del propio Ellis en el que al parecer está basado el largo. Tal vez el contenido de la idea daba para veinte minutos: noventa le queda largo. No es nada nuevo. Hay artistas (esa palabra lo abraza todo) que se mueven mejor en distancias pequeñas, en situaciones breves: como melodías pop que no pueden exceder los cuatro o cinco minutos. Los desarrollos largos, la medida de la trama y su plasmación en capítulos, en partes dotadas de una coherencia, pueden desastrar la intención primeriza, abismarla en una aburrida suite que, alargada, pierde fuelle, desaloja el asombro de los primeros minutos y explora la tozuda evidencia de que hay chispazos de ingenio, alardes de originalidad incuestionable, pero ninguna de esas formidables cartas de presentación alimentan el apetito insaciable de un largometraje. El relleno que Ellis incorpora no entusiasma: subtramas de algún interés, pequeñas escenas que no se solapan como debieran al ritmo y al motivo de la trama mayor, personajes perdidos, diálogos vacuos. Lo que era primoroso y deslumbrante en la pieza breve es casi tedio e insípida golosina en la larga.
Nada, sin embargo, excesivo ni severo con lo que fustigar esta especie de obrita indie, inusitadamente publicitada por el portentoso cartel y por ciertas imágenes colgadas por toda la red: está por encima de productos de más saneada limpieza formal pero calcados de otros promovidos y alumbrados en el mismo despacho de márketing o por los mismos operarios de diseño.
Mi amigo K., a la sazón, cultivador del raro arte de no dejarse jamás influir por las primeras impresiones y acceder virginal y voluntariosamente al final de las mismas, ha considerado que Cashback es una pequeña obra maestra. Son sus palabras. Arguye que le ha flipado (últimamente está incorporando vocabulario nuevo y lo usa en cuanto pueda, aunque se ruboriza y hasta carraspea cuando lo hace) el modo en que Ben, el atribulado y triste (ahí sí que estamos de acuerdo) galán al que han dado calabazas busca remedio metafísico en la confortable y plácida vida nocturna de un supermercado. Sostiene mi buen amigo que Ben es un escritor en potencia. Que todos somos Ben. Que a todos nos encantaría congelar el tiempo y desplazarnos como demiurgos cabrones por los pasillos de la vida, moviendo piezas del tablero, siendo pícaros y desfaciendo entuertos, tímidamente conscientes de la belleza dolorosa de la vida. Ya lo dijo Kierkeegard, o fue Schopenhauer: La vida es un infortunio siempre. ¿ O fue Billy Wilder? Al fin y al cabo Cashback es una muy british comedia sentimental ligeramente salpimentada de cierta osadía de ciencia-ficción de parvulario.
Lo mejor: Los primeros minutos...
Lo peor: Que no entusiasma...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 12 abril, 2008

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