Nunca había escuchado ningún tema de Sigur Rós, pero su nombre si me sonaba. Cuando me enteré de la existencia de un documental sobre ellos me armé de valor y le di al play.
La presentación no puede ser más apetecible y comienza con un gran tema, anticipando una música experimental, delicada, brillante y vibrante que, efectivamente, acabó gustándome.
El motivo del documental es retratar cómo el grupo islandés decide tocar gratis en varios lugares de su país, llevando su música a todas partes y sintiéndose en casa haciendo lo que les gusta. Algo tan sencillo como intentar ser profeta en tu tierra es algo que no hace demasiado artista y que además de satisfacer a quien lo hace, honra a quien le escucha.
Salvando las distancias, me recordó a esos conciertos que realizó Johnny Cash en las cárceles de San Quintín y Folsom, intentando sentirse auténtico y dedicándose a una audiencia que era realmente la suya, la que él sentía como propia. Sigur Rós parece pensar y sentir lo mismo, por eso les vemos tocando en una fábrica de pescado abandonada, en un embalse hecho por la industria del aluminio y en una gran cabaña con familias enteras pasando la tarde.
Tan noble leit-motiv peca en algunas ocasiones de prepotente, y la presencia del grupo a veces da la impresión de ser lo único importante que hay en Islandia, pero no deja de ser un precioso ejercicio musical y visual para conocer a este grupo y el precioso país del que viene.
