Casi todas las películas sobre biopics musicales tiene puntos en común, pero el que más afecta a la historia, o más bien, originan que se haga un film sobre ella es la caracterización de alguien que hizo algo mucho más grande que él y que luego acabo engullido por si mismo.
Parece poesía barata, pero si lo miramos de esa manera todas las películas que van sobre grupos o cantantes cumplen unos requisitos introspectivos y musicales muy importantes. Ian Curtis de Joy Division no podría ser menos y le dedican una película. La dirige un especialista en la foto y el videoclip, Anton Corbijn, y la verdad es que se nota. Para mal.
Sorprende conocer que el cantante murió a los 23 años. Esa juventud, las dudas y las inseguridades se reflejan perfectamente en el rostro y la interpretación de un aniñado Sam Riley, joven arrebatado que, de casualidad, cantaba en una banda llamada Joy Division. Es curioso y sorprendente ver el enorme parecido del actor con Pete Doherty o Jack White.
Todo la música y las frustraciones que Ian dejaba a su paso son lo mejor del film, es decir, las escenas de los conciertos y sus sufridas mujeres, que no amores. Ambas están excelentemente interpretadas por Samantha Morton y Alexandra María Lara, la irreconocible (será también por joven) protagonista de El hundimiento.
Pero Corbijn, con un impecable blanco y negro, retrata de forma fría y sin pasión una historia de descontrol. Una puesta en escena más bien de cortometraje y la sensación de que muchos planos los concibió como sesiones fotográficas apartan al espectador de una historia que debería tener más garra cinematográfica.
