Apología de la libertad…a que decidas quien quieres que te engañe.

★★★☆☆ Buena

Gracias por fumar

Podría pensarse viendo esta película que es muy parecida a "El señor de la guerra", en la que Nicolás Cage hace lo que hace porque se le da bien. En cierto modo es así, pero en aquella, el protagonista pierde a su familia, y no parece importarle un carajo. En esta, a pesar de que Nick Naylor (Aaron Eckhart, alguien a quien sin duda hay que empezar a tomarse muy en serio) se justifica a sí mismo, una y otra vez, diciendo que hace lo que hace para pagar la hipoteca, al final parece ver la luz, y acaba rindiéndose a los ojos de su hijo (Cameron Bright).

La clave de la película está en la escena que Aaron vive con su hijo Joey mientras pasan la noche en los Angeles. Joey trata de convencer a su padre, y de convencerse a sí mismo, de que le gusta más el chocolate que la vainilla. Aaron nos demuestra que lo importante no es lo que se diga, sino convencer a los que escuchan, a la audiencia, de que el otro no tiene razón. Así de sencillo. El colofón a la escena, es la imagen de los dos, en la noria, comiéndose un helado de vainilla. No importa lo que se defienda, sino como se defienda. Partiendo de esta premisa, que nos podría resultar a priori aberrante, la película supone un duro ataque a la forma de actuar del público en la actualidad, que se fía más de un charlatán más o menos simpático "Nick Naylor no es más que eso) que de un senador (William H, Macy), que tiene todos los ases en la mano, pero también una nula capacidad de convencimiento.

En el fondo, toda la película es una sátira cruel al absurdo capitalismo americano que se nos quiere imponer al resto del mundo. Desde la surrealista visita al agente Rob Lowe, obsesionado con las filosofías orientales, hasta el punto de gastarse veinte mil dólares en un pez de colores, hasta los amigos de tertulia de Nick, María Bello y Adam Brody, representante del alchol ella y de armas el otro. La magnífica escena en la que estos dos personajes se sienten humillados porque los vicios que fomentan no llegan a producir ni un diez por ciento de las víctimas que produce el tabaco, debería pasar inmediatamente a la leyenda del séptimo arte.

¿Y que me decís del personaje interpretado por Sam Elliot?. Otra gloriosa escena, en la que el ex-vaquero Marlboro (que ni siquiera fumaba Marlboro, el pobre. Fino detalle de experto guionista) se hace el digno hasta que el otro esparce el dinero por la alfombra.

No nos dejemos engañar, amigos. De no ser por los ojitos de Joey, y por el cambio de timón que emprende su padre por su causa (en realidad no es un cambio de timón. No deja de hacer lo que mejor sabe hacer: vender motos), la película no sería más que una forma de decirnos, desde el principio hasta el final, que somos todos unos completos catetos, en manos de personas o compañías que manejan a su antojo la voluntad de la población. Somos peleles moldeables al antojo de cualquiera que se ponga como meta moldearnos, que vislumbre el enorme negocio que supone convencer a una gran masa de personas de que compre lo que sea. Que el hecho de que Brad Pitt o Angelina Jolie aparezcan fumando en una película mierdera, y eso haga que suban drásticamente las ventas de tabaco, que es lo que preparan Aaron y Rob Lowe, es algo por lo que deberíamos colocarnos todos de rodillas y darnos de bofetadas, porque lo jodido del asunto es que, realmente, las cosas suceden así.

Como curiosidad, comentaros que la película gustó más entre mis colegas fumadores que entre los no fumadores. Cosas de los hados, supongo.

 

 

Lo mejor: Las situaciones surrealistas con Rob Lowe, Sam Elliot y sus amigos capitalistas.
Lo peor: El tonillo de moralina padre-hijo, por otro lado necesario para que la película no resulte absolutamente indigerible.
publicado por Felix el 27 marzo, 2008

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