Una de las cosas que más me gustan de estas películas es que no se andan con rodeos y te plantean el conflicto desde el momento inicial y se desarrolla la trama de una manera muy rápida con risas constantes por las escenas entre los distintos familiares, sobretodo en los binomios padre-hijas y padre-familia y momentos enternecedores de esos en los que reflexionas sobre tu propia vida o sobre lo que le pasa al protagonista.
Como la vida misma es la historia de un viudo al que le cuesta afrontar los acontecimientos reales que le van sucediendo tanto a él como a sus hijas. Su afán de protección es tal, que no se preocupa de si mismo ni de que sus hijas se equivoquen y aprendan de los errores de la vida. Lo bueno este tipo de películas, por mucho que las critiquen, es que los que se meten de lleno en la historia, comparten o le echan en cara las actitudes que va tomando a lo largo de la historia y se consigue meterse de lleno en lo que le pasa al personaje y sufrir como sufre él y reirte cuando hace algo gracioso.
En definitiva, nos encontramos ante una película preciosa que revuelve sentimientos y ameniza una tarde-noche, de una manera muy particular, que no sé si es independiente o no, pero que es diferente de lo que normalmente se hace en este tipo de filmes y ruego al señor Carrell que tome más este camino, de hacer sólo un histrionismo por película, porque cinéfilas como yo, se lo agradecemos.
Lo mejor: Me quedo con dos cosas: el pensamiento filosófico sobre el amor de la hija mediana y el baile Fever de Steve Carrell.
Lo peor: Que le falte un pelo para ser rompedora del todo.
