
Una de las principales bazas del filme es ambientar la historia en los años 50, la década más feliz de Norteamérica. La acción transcurre en un idílico barrio residencial donde las casas tienen jardín, los hombres fuman en pipa y las amas de casa esperan la llegada de sus maridos con una copa de martini en la mano. En este ambiente plácido y paradisíaco irrumpe totalmente descontextualizada la figura del zombie, no como la fuente de terror a la que estamos acostumbrados, sino como mascota, de ahí el nombre Fido del zombie protagonista (Rintintín o Tobi también hubieran servido). Hay momentos en que uno tiene la sensación de estar viendo una de esas típicas películas de Lassie, pero con un zombie en vez de un perro.

La cinta nos cuenta como una nube de polvo espacial ha vuelto los muertos a la vida sembrando el terror en la pequeña ciudad de Willard. Claro que eso fue hace años, mucho antes de que una empresa llamada ZomCom inventara un collar para domesticar zombies transformándoles en sujetos útiles a la sociedad. Ahora todo esta “controlado” y hasta Fido (Billy Connolly), el muerto doméstico de la familia Robinson, ha acabado convertido en el mejor amigo de Timmy (K’Sun Ray), el pequeño de la casa, y es que Fido no es “sólo” un zombie… ¡es parte de la familia!
Timmy no es un niño especialmente feliz, tiene dificultades para hacer amigos y un padre que no le hace demasiado caso (interpretado por el Dylan Baker cuyas inclinaciones sexuales en Happiness todos recordamos). La vida del joven cambiará con la llegada de Fido, un zombie doméstico que no tardará en convertirse en su figura paterna y por el que beberá los vientos su madre, una estupenda y arrebatadora Carrie-Anne Moss (la Mari Trinity de Matrix), cuyas miraditas de coqueteo entre el zombie y ella llenarán de chispas la pantalla.

Apoyado por unos diálogos espabilados, unas grandes interpretaciones, situaciones ingeniosas y la estética repipi marca de la época, el señor Currie se aleja de la galopante casquería que parece gobernar el género. No esperen encontrar aquí sangre y pus, esto es cine familiar, las escenas de canibalismo y muerte vienen en colorines y con un elegante envoltorio de éxitos pop de la radio del momento. A destacar la ingeniosa intro, una suerte de documental en blanco y negro que nos pone en situación y remite directamente a la ciencia ficción televisiva de la época (muy en la línea de series como The Twilight Zone).

Andrew Currie le saca mucho jugo al choque de géneros en esta fábula necromántica, original en su argumento pero que flaquea en la segunda parte del metraje, cuando se pierde el factor sorpresa. Puede que la etiqueta de cine familiar pese demasiado sobre el filme, ya que impone una serie de limitaciones, y puede que la estética sea demasiado deudora del cine de Tim Burton, pero la peli se ve bien y entretiene, que es su finalidad. Habrá que seguirle la pista al director, que apunta maneras.
