Una película que, constantemente, parece aspirar a más sin dejar de ser atrapante y en muchos momentos lo logra, dejándonos, al final, con la inmediata y única sensación de querer volcarnos a ver la serie original.

★★★☆☆ Buena

La sombra del poder

Este es otro ejemplo de cómo una adaptación puede despertar un enorme entusiasmo por conocer y disfrutar el material original en el que esta se basa. State of play (La sombra del poder) es una adaptación de la miniserie homónima inglesa, una miniserie que despliega en seis capítulos de una hora una intrincada trama, con sorpresivas vueltas de tuerca similares a las que articulan el guión de poco más de dos horas de esta película. A diferencia de otras adaptaciones, en la versión cinematográfica norteamericana de State of play, no se evidencia esa necesidad de compresión de la trama, que da como resultado un relato confuso y desconcertante, no al menos durante su desarrollo.

Esta versión es un thriller político ajustado, con una acentuada voluntad por presentar una oda al periodismo clásico, el periodismo investigativo de redacción, el periodismo que lucha, a veces de manera desoladoramente ingenua, por la verdad escrita. Este punto de vista está representado por Russell Crowe, un periodista que es capaz de enfrentarse a cualquier cosa por sus valores y por la defensa de la verdad, un hombre que consigue su complemento perfecto en su coequiper, una joven más cercana a la necesidad de impacto del periodismo digital actual, que a involucrarse en una larga investigación para dar con la verdad y publicarla en primera plana. La película se acopla a la imagen del periodismo como salvaguarda de la integridad ciudadana, del periodismo en su faceta más detectivesca, como Woodward y Bernstein en Todos los hombres del presidente, pero entendiendo a su vez que esta es una suerte de réquiem a esa manera de concebir el periodismo de redacción, ya que ni el universo periodístico actual, ni el estado tecnológico (estado en el que internet permite que cualquiera se adjudique el privilegio de escribir su verdad, ya sea en blogs o como contribuyente de una enciclopedia mundial), ni la demanda social hoy sostienen esa forma de entender el periodismo.

Por esos caminos, transita el suspenso de State of play, un universo de conspiraciones y de traiciones políticas, donde sólo unos pocos piensan en revelar la verdad y no generar comidilla para cerdos. Ese universo se beneficia del talento siempre destacable de Russell Crowe, de una sorprendente solidez en la puesta en escena, a cargo de Kevin Macdonald, el director de El último rey de Escocia, y de un guión que se permite los enredos y las vueltas de tuerca, sin que estas afecten el suspenso, cuajando perfectamente con el vehículo narrativo que lleva a este thriller por los mejores caminos.

Sin embargo, no todo es color de rosas. La lucidez de gran parte de la película desbarranca por tres razones principales. Por un lado, el innecesario (al menos en la película) enredo pasional entre Crowe y la mujer de su amigo Stephen, el congresista interpretado por Ben Affleck, un enredo propio de una telenovela, que suena descolocado frente a los elementos que aquí se juegan. Por otro lado, el propio Affleck, que no siempre convence en su personaje. Esto va de la mano del tercer problema, tal vez el más difícil de afrontar para la película, que es la última vuelta de tuerca. La misma permite resolver el lugar del personaje de Affleck en la trama, que por más que esté o no presente en la versión original, aquí suena a sorpresivo manotazo de ahogado, que obliga a releer todos los elementos de la película para entender ese final, y al releerlos, notamos que la película, en ningún momento, consigue brindar elementos anticipatorios de ese final, en ningún momento logra que ese final encaje a la perfección en la trama, por lo cual barre con toda pretensión de suspenso muy bien logrado durante su desarrollo.

Una lástima para una película que, constantemente, parece aspirar a más sin dejar de ser atrapante y en muchos momentos lo logra, dejándonos, al final, con la inmediata y única sensación de querer volcarnos a ver la serie original que, imaginamos, cumple mucho más con lo que la película promete constantemente y cumple sólo a medias.

Lo mejor: Un atrapante suspenso, donde las vueltas de tuerca en su desarrollo no desentonan, una loa al periodismo tradicional, y un impecable Russell Crowe.
Lo peor: Una última vuelta de tuerca desconcertante e innecesaria, y un Ben Affleck que sólo por momentos logra convencer con su fluctuante personaje.
publicado por Leo A.Senderovsky el 28 julio, 2009

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