Una definitiva, exacerbada y completamente gratuita apología de la violencia.

★★☆☆☆ Mediocre

El género de terror, especialmente si analizamos sus exponentes actuales, puede dividirse en varias categorías. La primera de ellas es un terror que busca con suma legitimidad cinematográfica provocar el efecto principal al que recurre el género: el susto. Para eso puede valerse o no de aspectos sobrenaturales, pero lo que primará es la construcción de climas, el manejo de los recursos cinematográficos para causar ese efecto, y también para jugar con determinados límites estilísticos. Dentro de esa categoría se destacan quienes manipulan al máximo los recursos sin perder su coherencia estética, y quienes hábilmente llevan el género al terreno de la alegoría política y social. En otra categoría se encuentra el gore, caracterizado por su desborde de sangre, su exceso de violencia gráfica y su coqueteo, en la mayoría de los casos, con el absurdo y hasta con la comedia. Por otro lado tenemos el terror que hoy prevalece, el que juega con un contraplano que permanece en las sombras, que intenta ocultar al objeto que genera el miedo, un terror habitualmente sobrenatural, con personas, preferentemente adolescentes idiotas, que se encuentran dominadas por la presencia de seres extraños que se mueven con suma rápidez, mientras la música incidental se ocupa de destacar su maléfica presencia. En síntesis, un terror que repite y/o copia esquemas y secuencias, un terror que termina fagocitándose al reiterarse infinitamente. Por último hay un terror que no se sabe bien de qué la juega, que no es una cosa ni la otra, y no entra dentro de ninguna de estas características, más bien coquetea con algunas de ellas y termina volviéndose un engendro tan previsible, cuya única característica visible suele ser la híper violencia. Pero no una violencia que juega con el absurdo, sino una violencia dura, contundente, que impacta más de lo que asusta, que se regodea en ella sin apuntar a romper límites, que hasta podría llegar a considerarse una exaltación ideológica de ella.

La última casa a la izquierda posee la virtud de no contar con elementos sobrenaturales, tan en boga en los films de terror actuales. Posee dos mitades claramente divididas por el plano cenital sobre el cuerpo ensangrentado de la joven Mari, aparentemente muerta luego de intentar huir nadando en el lago. Una vez que los criminales (terribles bestias prácticamente inverosímiles por su monstruosa irracionalidad, pese a ser completamente humanos) se refugian en la “última casa a la izquierda”, donde se encuentran los padres de Mari, comienza la segunda parte de la película. La primera mitad se beneficia por una violencia sólidamente construida, pese a un disparador que parece anunciar “no te fumes un porro porque vas a terminar metido en problemas”. Para entendernos un poco, Mari entra en la habitación donde se encuentra su amiga Paige y Justin, un chico que acaban de conocer y que ha invitado a ese lugar a Paige a fumar un porro. Luego de un rato de estar ahí, aparece el padre de Justin, la novia de él y su hermano, los tres criminales, las tres bestias que atosigarán a los protagonistas durante toda la película. La situación hubiera funcionado de todos modos si no estuviese la marihuana en el medio, por lo que su presencia solo despierta esa inmediata reflexión en torno al discurso de la película.

Comienza la persecución, la violencia, los climas de terror que expresan el modo en que la desubicación de los “buenos” los lleva a volverse presas de los monstruos de turno. Y la película expone por primera vez su fragilidad ideológica en la violación de Mari, una escena que, por su tratamiento, produce mucho más morbo que pánico. Habíamos dicho que comienza la segunda mitad de la película una vez que los delincuentes arriban a la casa donde están los padres de la chica. Para ser más precisos, esta segunda parte comienza en realidad cuando los padres se dan cuenta que están alojando a los que sometieron a su hija. La película, afortunadamente, no sigue el camino tradicional del cine de terror actual, que hubiera convertido a estos padres en víctimas del accionar de la familia de criminales. La forma en que se resuelve esto es acaso peor, para regocijo de los espectadores sedientos de sangre y venganza, la película convierte de la nada a los padres de Mari en tremendos torturadores. Si el discurso de justicia por mano propia a cargo de Charles Bronson causaba cierto horror en los setenta, mejor ni hablar de estos padres que pasan de la bondad absoluta a cometer cualquier tipo de acto con tal de sacarse de encima a los criminales y lograr cierta venganza por lo que le hicieron a su hija.

De esa manera, la película pasa de cierta progresión del suspenso y de la violencia justificada, si se quiere, dentro de un contexto determinado, al definitivo regodeo en ella, la exposición descarnada de una sesión de tortura extendida hasta el final, con una ridícula escena insertada a modo de “bonus track” luego del desenlace, cuyo absurdo llega a intentar asomarse al gore, pero carece de humor para coquetear con ese subgénero. Si el tono completamente desbordado de esa escena hubiese aparecido antes en todo su esplendor, podríamos estar ante una película que en determinado momento se revela absurda, que termina desembocando intencionadamente en el sinsentido, que, vulgarmente hablando, “se va al coño o al carajo”, como prefieran, lo cual hubiese encauzado más las intenciones de los realizadores. Pero no, esta remake de la película de 1972 dirigida por Wes Craven, quien aquí aparece como productor, mantiene cierta coherencia, cierta solidez dramática y entretiene legítimamente hasta la mitad, y cuando deviene en una sesión de tortura (si hasta nos hace sentir al final cierta lástima por las tres bestias), expone un discurso ideológico mucho más peligroso que el que exponía el clásico de Bronson, se convierte en una definitiva, exacerbada y completamente gratuita apología de la violencia. Violencia que tiene mucho más que ver con una forma de entender la realidad criminal y la justicia, que con una forma de entender el género. Violencia que termina deshonrando los contados méritos de esta producción.

Lo mejor: La progresión dramática y el suspenso durante la primera mitad.
Lo peor: La apología de la violencia, de la justicia por mano propia al terrible regodeo en la tortura física.
publicado por Leo A.Senderovsky el 28 julio, 2009

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