Quien sepa disfrutar de sus largometrajes como de una buena comida, masticando despacio y saboreando todos los matices, que se mezclan con armonía, se llevará consigo un pedacito de la sabiduría y buen hacer del enorme Hadao Miyazaki.

★★★★★ Excelente

El castillo ambulante

Introducirse en el mundo de Hayao Miyazaki es entrar en un universo paralelo donde lo extraño parece habitual, la magia se conjuga con lo artesanal, lo moderno se torna antiguo y al revés. Su imaginación parece no tener límites y sus historias nunca son lineales ni previsibles, sino sendas sinuosas donde tras cada recodo podemos encontrar nuevos pedacitos de territorio inexplorado. Alguien dijo alguna vez que el cerebro humano no era capaz de imaginar nada que no fuera mezcla o parte de algo que ya hubiese visto, pero esa regla no se cumple con el maestro de la animación nipona.

Intentar explicar, en pocas palabras, una historia de Miyazaki, es una tarea perdida. Sus cuentos se doblan y desdoblan en miles de pliegues, sus personajes evolucionan y se transforman y la acción se va moviendo de un lado a otro sin previo aviso. No hay buenos ni malos, ni MacGuffins que valgan. Todo es un canto a la libertad creativa, las moralejas se superponen y se destruyen entre ellas y al final, lo que queda, es la sensación de haber asistido a un nuevo e irrepetible cuento arropado por las sábanas de la imaginación del genio japonés.

En su última película, Hayao Miyazaki cuenta la historia de Sophie, una niña que tras una extraña maldición, se convierte en una anciana. Lejos de rendirse, Sophie coge el toro por los cuernos y se marcha en busca de ayuda, encontrando al mago Howl y su castillo ambulante.

A bordo de dicho castillo se topará con los más variopintos personajes, magos enfrentados de alucinantes poderes, tratará de huir de una cruenta y absurda guerra, se hará amiga de un elegante y silencioso espantapájaros y se encontrará con demonios milenarios.

Todo en el argumento parece concebido con el más cuidadoso mimo y mientras el azar guía las andanzas de los personajes, en realidad el espectador tiene la sensación de ser llevado de la mano con cuidado por un camino perfectamente definido. Lo que al principio parece un gigantesco y adorable caos acaba encajando de forma perfecta a medida que los personajes van aprendiendo, descubriendo sus emociones y evolucionando.

Miyazaki es el extremo opuesto a la linealidad y el esquematismo de Disney, aunque compartan ciertos valores universales. Quizá las enseñanzas traten de ser semejantes, pero los métodos escogidos no llegan nunca a cruzarse. Nada en “El castillo ambulante” pretende adoctrinar mediante discursos directos, sino que la metáfora se esconde entre la colorida y atrayente maleza de la narración.

Pocos directores me provocan las sensaciones que me provoca Miyazaki. No logro entender del todo sus películas, pero es algo que ni siquiera intento. No puedo por más que quedarme hipnotizado con sus dibujos, con sus historias, con su extraño y oriental sentido del humor.

Soy consciente de que no es un sentimiento generalizado, pues hay a quién estos argumentos pueden resultarle tediosos y confusos, pues la velocidad no es una de las cualidades del japonés. Sin embargo, quien sepa disfrutar de sus largometrajes como de una buena comida, masticando despacio y saboreando todos los matices, que se mezclan con armonía, se llevará consigo un pedacito de la sabiduría y buen hacer del enorme Hadao Miyazaki y podrá viajar plácidamente durante un rato en, como canta mi paisano Iván ferreiro, “una escena del viaje de Chihiro, con el Sincara dentro del vagón”.

Lo mejor: Los cuentos de este genio de grandísima imaginación.
Lo peor: Puede que haya quien no valore el supuesto caos de la historia.
publicado por Heitor Pan el 27 febrero, 2008

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