Tal vez carezca de interés echar mano de la hagiografía del héroe, ese dietario ampuloso de hazañas de corte fascista que entretuvieron la decada de los ochenta y llenaron las pantallas de imágenes de una complejidad nula. De hecho, el soldado Rambo es el residuo de una época convulsa en la que la alta política (los leones de la película de Redford) recluta corderos para que la burocracia continúe abasteciendo de dividendos y de patriotismo a la ciudadanía. Por eso a Sylvester Stallone no le hace falta un guión sólido sino la convicción firme de que la brutalidad de los acontecimientos que narra precisa una plasticidad explícita, que huye de los tiempos muertos y convoca, a golpe de gong tribal, el instinto puro del mercenario por antonomasia, la máquina de matar, que en esta última entrega vive una especie de retiro místico, en comunión con la naturaleza. Y como el argumento de un western arquetípico, el héroe de acción es devuelto al campo de batalla. La bestia ha sido despiertada. Lo que viene a continuación es una adrenalítica descarga de metralla y vísceras, un espectáculo brillante sobre la violencia que no esconde en ningún momento su impudicia.
John Rambo es una película expeditivamente grosera, pensada con absoluto desperpajo, montada con un más que notable conocimiento de cómo funciona el espectáculo cinematográfico, que recurre sin tapujos a la explotación inteligente de todos los tópicos que han ido jalonando durante casi tres décadas la forja de este ex-boina verde de mirada montaraz y discurso lacónico y sintácticamente plano, que ha regresado al infierno para poner a la platea bienpensante de la crítica a cavilar sobre si aplastar este subproducto (qué creían: es Rambo) o admitir que se trata de una buena película, muy bien planificada, filmada por un Stallone en absoluto estado de gracia y consciente del carácter fundamentalmente iconográfico (mítico, mal que pese a muchos) de su personaje.
Cuando otros directores se obcecan en buscar un muestrario de justificaciones para la violencia que exhiben sus films, Sly entrega toda su ardorosa capacidad de trabajo en facturar una obra necesariamente menor en la Historia del Cine (faltaría más) pero absolutamente imprescindible en los manuales de Historia del siglo XX.
Vista sin prejuicios (prueben, si entran a ese estado mental pueden disfrutar de verdad) John Rambo es una demostración de la dignidad de las franquicias, aún a pesar de que hayan estado sepultadas en polvorientas estanterías de videoclubs de barrio y el tiempo las haya convertido en chascarrillo de gag, en pura caritura.
Stallone deja para el final un contrapunto poético, tal vez el único: el soldado que regresa a casa. Ha estado treinta años intoxicado por la metralla.
Lo mejor: La calidad plástica del producto.
Lo peor: Que esté sobrecalentada de tópicos. Que estemos ya hartos de Rambo. Que sigue siendo un descerebrado (porque el mundo le hizo así)
