Película meritoria y mucho más profunda de lo que en realidad aparenta querer ser, si bien sus aires pretendidamente ibsenianos no terminan de convencer.

★★★☆☆ Buena

Asuntos privados en lugares públicos

Dirigida por el veterano Alain Resnais, Asuntos privados en lugares públicos, cuyo título oririginal francés es Coeurs (Petites Peurs Partagées), obtuvo el León de Plata al mejor guión en el pasado Festival de Venecia.

Protagonizada por Lambert Wilson, Sabine Azema, André Dussollier, Laura Morante, Pierre Arditi y Isabelle Carré, la película cuenta varias historias ubicadas en el París actual: Dan es un soldado que ha sido apartado del ejécito recientemente. Para escapar de su propia vida y de sus amigos, se refugia en el alcohol. Su novia Nicole, sin darse cuenta del estado de degradación de su relación, no encuentra el camino correcto para acercarse a Dan. Al mismo tiempo, Gaëlle busca de manera desesperada y sin éxito el amor. Su hermano Thierry, un agente inmobiliario, se siente muy atraído por su compañera de trabajo, Charlotte. Al igual que todos ellos, Lionel, que reparte su vida entre su enfermo padre y un trabajo como barman, intenta combatir su soledad.

Podríamos decir que Asuntos privados en lugares públicos es la enésima película de historias de pareja entrecruzadas, muy recurrentes en el panorama cinematográfico actual desde que Robert Altman dirigiera Vidas cruzadas en 1993. Buena muestra de ello son títulos recientes como El juego del amor, Conociendo a Jane Austen o la española Mataharis, aunque si miramos algo más atrás podemos encontrar películas como Love actually, Closer y tantas otras.

A diferencia de muchas de éstas, Asuntos privados en lugares públicos es esencialmente dramática, deprimente y desazonadora en muchos de sus pasajes a pesar de incluir ciertas bises supuestamente cómicas; se encuentra más próxima al desamor que al enamoramiento, más cercana al desencanto que a la pasión, en un retrato estereotipado, o más bien guiñolesco, de la particular visión de Alain Resnais de lo que Calderón llamaría El gran teatro del mundo.

Y, como tal, la escenografía de Asuntos privados en lugares públicos es claramente teatral, con decorados ostentosos como el bar del hotel que frecuenta el personaje interpretado por Lambert Wilson, con cambios de acto en forma de nieve, y con ciertas actuaciones forzadamente sobreactuadas, como si verdaderamente sus protagonistas tuvieran que alzar la voz y gesticular con vehemencia para que las últimas filas puedan percatarse de la acción. Por desgracia, gran parte de las historias acontecidas en Asuntos privados en lugares públicos no logran conectar con el espectador, quedándose en meras anécdotas en algunos casos, en situaciones esperpénticas en otros, y donde tan sólo el personaje de Lambert Wilson parece evolucionar (o involucionar, según se mire) de algún modo, a pesar de que la premisa de estas historias sin rumbo se antoje claramente fidedigna a la condición humana.

Así pues, Asuntos privados en lugares públicos es una película abiertamente pesimista, retrato burlesco de la soledad y el sinsentido de nuestra sociedad actual donde, según su director, tan sólo pueriles escpatorias como la bebida, el sexo o la fe sirven de endeble reducto para una sociedad desfragmentada. Y, aunque reconozco que se trata de una película meritoria y mucho más profunda de lo que en realidad aparenta querer ser, sus aires pretendidamente ibsenianos no han terminado de convencerme.
publicado por Oscar Martínez el 20 febrero, 2008

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