Peter Cornwell debuta en el largo con buen pie, alcanzaba el primer puesto en su estreno en USA siendo la sorpresa de la temporada. La forma en que Hollywood solicitaba sus servicios no deja de ser curiosa. Un cortometraje animado del 2003 titulado Ward 13 convenció a los productores del talento para el terror que atesoraba el desconocido. Con un presupuesto limitado apuesta inteligentemente por interpretes tan sólidos como la protagonista de Candyman Virginia Wadsen o el clásico secundario Elias Koteas visto En Zodiac, La delgada línea roja entre tantas y siempre excelente.
Una vez asegurado un buen nivel interpretativo, sabe lucir los pocos millones de dólares de que dispone en un guión que repito tópico aunque no por ello bien estructurado, con personajes maduros que tienen mucho jugo. El escenario de la vieja casa donde discurre el grueso de la trama resulta pavoroso, sacándole el máximo partido a su condición de enormes laberintos y lugares ocultos por descubrir que mantienen la tensión necesaria en el devenir de acontecimientos. Todo ello con una fotografía que ayuda a dar forma a la atmósfera insana, banda sonora de siniestros acordes bien encajada, dirección elegante con ciertos elementos al cine clásico sobre todo en esos planos largos y en ocasiones duraderos. El ritmo aunque lento no llega a ser cargante confluyendo en unas geniales sesiones de espiritismo llenas de elementos inquietantes. Bien es verdad que las explicaciones a lo sucedido no son demasiado convincentes. De todas formas me alegra ver un producto de terror con personalidades maduras, buenos actores, interesante discurrir con cierto sabor al clasicismo. Muy superior a muchos estrenos de similares características a pesar de sus consabidos tópicos.
Lo mejor: Las sesiones de espiritismo.
Lo peor: Un mar de tópicos.
