Schnabel consigue crear una película luminosa, sincera, esperanzadora y por veces cáustica y con ciertas dosis de humor. Prescinde completamente de la lágrima fácil y consigue reflejar el tesón y la vitalidad de un hombre cuyo cuerpo está muerto.

★★★☆☆ Buena

La Escafandra y la Mariposa

Lo primero que podría uno pensar cuando va a ver la alabada película de Julian Schnabel es en una comparación directa con “Mar adentro” de Amenabar. No en vano, ambas comparten parte de la temática, la de un protagonista, en la plenitud de la vida, que tras un hecho desafortunado se ven abocados a vivir postrados en una cama. Pero ahí acaban todas sus diferencias.

Mientras que la película en la que Bardem encarna prodigiosamente a Ramón Sanpedro, era un alegato a favor de la eutanasia, de la capacidad de un hombre en total posesión de sus facultades de decidir si quiere una vida cercenada, “La escafandra y la mariposa” es un canto a la vida de un tipo que está mucho peor, aislado totalmente del mundo dentro de un cuerpo que no responde, incapaz de algo tan sencillo como pedir que cambien el canal del televisor cuando emiten la carta de ajuste.

Jean-Dominique Bauby se despierta en una cama de hospital tras haber sufrido un infarto cerebral masivo. A medida que recupera la conciencia se da cuenta de que es incapaz de comunicarse, a pesar de que su capacidad de pensar, de recordar o de imaginar se mantiene intacta. A partir de aquí, Bauby tendrá que hacer frente a su nueva situación y decidir si debe intentar comunicarse con las personas que tratan de ayudarle a pesar de que la única acción visible de la que es capaz es el parpadeo de un solo ojo.

La película relata así la historia real del protagonista, que contra cualquier pronóstico, consiguió dictar un libro poético y descarnado, exento de los prejuicios del escritor, con el único propósito de relatar las vivencias de alguien encerrado en su propio cuerpo, como si viviera dentro de una escafandra hermética, pero capaz de dejar volar la mente sin ningún límite. Su relación con aquellos que le querían y le hicieron su cautiverio más llevadero y, sobre todo, su voz interior. Un pensamiento que pasó a ser su única existencia.

Reconozco que la película me sorprendió. Conociendo el tema, me parecía imposible que el director pudiera despojarla de las dos características que más fácilmente la podían golpear: el dramatismo extremo y la lentitud (también extrema). Pero Schnabel consigue crear una película luminosa, sincera, esperanzadora y por veces cáustica y con ciertas dosis de humor. Prescinde completamente de la lágrima fácil y consigue reflejar el tesón y la vitalidad de un hombre cuyo cuerpo está muerto.

Tardamos un buen rato en ver de frente la imagen del protagonismo, siguiendo su evolución desde que sale del coma desde su interior, como si estuviéramos atrapados con él en esos tejidos y órganos que no obedecen nuestras órdenes. Para cuando al fin se nos muestra su figura, ya estamos totalmente de su lado, ya hemos compartido parte de su sufrimiento y su cambio de aspecto nos golpea con más intensidad.

Las únicas partes en las que mi compromiso con la película iba a menos eran en los numerosos flashbacks sobre la anterior vida del protagonista, que poco o nada aportan a su nueva situación. La visión sobre su anterior trabajo, de la relación con sus hijos, con su ex mujer, o con su padre, no me transmite que más desolación por su pérdida. En esos momentos estoy deseando a que se muestre de nuevo su lucha constante en su nueva situación, su sentido del humor, su narradora voz interior.

Después de una película así, cuesta decirle a alguien, “mi vida es una mierda” (algo que mi carácter optimista me impide pensar). Quizá, en muchos casos, sea verdad el dicho y no somos conscientes de lo que tenemos hasta que lo perdemos.

Lo mejor: La original narración del comienzo, desde el interior del cuerpo dañado.
Lo peor: Los flasbacks, que poco aportan a la actual condición del protagonista.
publicado por Heitor Pan el 1 febrero, 2008

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