Sydney Lumet hace algo tan complicado como poner la cámara y desentenderse de ella, sin soflamas incendiarias ni discursos elevados, tan sólo un grupo de hombres corrientes soltando frases corrientes.

★★★★☆ Muy Buena

Doce hombres sin piedad

Ya hacía mucho tiempo que no degustaba una ración de cine clásico, así que en la sobremesa del Domingo, decidí prescindir del Technicolor y paladear una joya del cine de juicios a cargo de Sydney Lumet y su cine político. Se trata de la teatral “12 hombres sin piedad”.

Para ser un ejemplar del cine de reos, salas y presuntos culpables, empieza de manera inusual, justo en el último paso del juicio, cuando el jurado se retira para deliberar si el acusado, en este caso con un posible homicidio en primer grado a sus espaldas, debe ser declarado culpable y merecedor de la pena de muerte.

Es a este jurado a quien sigue la cámara, que se instalará junto a ellos en una pequeña sala de reunión en una tarde sofocante, para asistir de forma pasiva a sus deliberaciones. Lo que en principio parece un mero trámite en un caso claro, con multitud de pruebas en contra del sospechoso y varios testigos, se ve prolongado por la duda de uno de los miembros, reticente a mandar al chico a la cárcel si no ve las cosas absolutamente claras y sin un asomo de duda razonable.

A medida que la película avanza, el único participante en la discusión que desde el principio plantea la primera duda – un enorme Henry Fonda –, tratará de razonar con los demás los pormenores del juicio. Diversas personalidades irán saliendo a la palestra retratando una pequeña muestra de la sociedad. Prejuicios, hombres irascibles junto a tipos tímidos, varios estratos sociales y diferentes edades deben ponerse de acuerdo sobre la vida de un hombre.

En medio de los 12 hombres, dos destacan por su claridad de ideas y de exposición de las mismas, cada uno en un bando, mientras a su alrededor el resto va cambiando de opinión dándose cuenta de que no es tan fácil mandar a alguien al otro barrio cuando uno debe estar totalmente seguro de su culpabilidad. La duda razonable empieza a hacer mella en las mentes y las conciencias del grupo.

La película es prácticamente una obra de teatro, con un solo escenario, un número reducido de personas y diálogos que se entrecruzan, se solapan, se cortan y pelean en torno a la vida de un muchacho. Aunque quizá con el tiempo haya perdido algo de su fuerza inicial, sigue siendo un alegato calmado y certero contra la pena de muerte, intentando demostrar que incluso en el juicio más cristalino puede haber puntos oscuros que manden a un inocente a la silla eléctrica.

Para ello, Sydney Lumet hace algo tan complicado como poner la cámara y desentenderse de ella, sin soflamas incendiarias ni discursos elevados, tan sólo un grupo de hombres corrientes soltando frases corrientes. No hay un héroe que los convence, ni tampoco un villano deseoso de provocar una muerte, sino más bien dudas, vivencias y sentimientos poco definidos que se entrecruzan.

Una película sencilla en estructura pero con un gran trabajo de guión, de esos que hicieron famosos a directores como Robert Altman o, (espero no recibir amenazas de muerte tras esta comparación absurda) las primeras películas del ahora algo desnortado Kevin Smith, repleta de diálogos sobre los que se desliza la narración.

Perfecta para paladear sin prisas una tarde de Domingo.

Lo mejor: Unos guiones de los que ya casi no se ven.
Lo peor: Quizá la forma del mensaje (que no el fondo) haya envejecido demasiado hasta nuestros días.
publicado por Heitor Pan el 2 febrero, 2008

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