Cine clásico en el siglo XXI: Expiación es un ejemplar y pasional amor hacia un libro maravilloso (Ian McEwan). De nuevo vemos la literatura y el cine cogidos de la mano. Hacía tiempo…

★★★★☆ Muy Buena

Expiación: Más Alla de la Pasión

Hay un cine predictivo: uno avanza por delante de la trama, discurre razonamientos que los personajes alcanzan siempre más tarde y da con la clave resolutoria con facilidad pasmosa. No es que uno sea un prodigio o que haya visto ya tantísimas películas que el talento y la nigromancia hayan hermanado sus causas a beneficio nuestro.
Hay otro cine anómalo, desconcertante: uno está desubicado y no acierta a encontrar un punto en la trama desde donde retomar el interés. Cine experimental o cine pésimo disfrazado de cine experimental.
Luego está el cine bueno, el inspirado, ése en el que uno contempla la serena armonía de las proporciones clásicas y tiene la certeza de que años después recordará cuándo vio la película, con quién disfrutó de ese placer tan enorme y qué cara de bobo (la cara con la que uno admira la inteligencia y la belleza) se nos quedó cuando la oscuridad desapareció y la gente, abrumada, feliz, abandona las butacas.

Expiación hurga en el concepto cristiano de culpa. Se adentra con lentitud (tal vez excesiva en su premioso y casi exasperante arranque) en la vida de quienes crecieron alrededor de una mentira y cómo esa mentira condiciona su existencia al punto de que no podrán escapar a su infinita capacidad de destrucción.
Fascinante desde el punto de vista de ir levantando el edificio formidable de su argumento desde una premisa bien sencilla (la vida ociosa y aburrida de una adolescente de la alta sociedad la obliga a formular un testimonio enteramente falso) y de una plasticidad encomiable, Expiación es una historia de amor. Tal vez una poco ortodoxa, pero amor (al fin y al cabo) es lo que mueve todos los pequeños nudos argumentales que McEwan y Hampton (autor de la novela y guionista del film respectivamente) establecen para ofrecer emociones, un caudal enorme de ellas, emociones que enturbian un más nítido estudio de la hipocresía de la sociedad que retrata, pero hasta eso es perdonable habida cuenta del (casi, ya me explicaré) satisfactorio resultado final del film.
La aristocracia inglesa no soporta el calor: hasta un comensal comenta que la calina exaspera el carácter y incita a perder la bonanza de los ánimos. Esa subida de la temperatura detona la alambicada y preciosista trama: la molicie absoluta de quien todo lo tiene requiere en ocasiones juguetes nuevos que engolosinen su tedio. La niña rica acostumbrada a inventar mundos (ya desde el principio advertimos el carácter eminentemente literario de la historia: metaliteratura pura) no puede resistir la tentación de escribir en la realidad en lugar de en el invisible limbo del folio en blanco. Lo que su traviesa prosa consigue es que un inocente (una especie de lacayo, un miembro de casta inferior) cargue con la culpa de un abuso sexual. Esa delación aborta lo que podía haber sido una extraordinaria historia de amor entre el acusado y su hermana. En ese momento Joe Wright empieza con sus piruetas temporales, su inteligencia y también su más que sensible sentido de la música, que se adueña del tempo del film y marca con concisos ruidos de tecla de máquina de escribir los sobresaltos, la conexión entre lo que está pasando y aquéllo que sucedió y que, de alguna arcana forma, gobierna todo los flecos de la historia. Sin excepción.
La culpa amasada en el espíritu de la niña, secretamente enamorada del hombre al que destroza con su niñería malsana, es el hilo conductor: todo se deja acariciar por esa expiación lentamente macerada, regalada de odio callado, mecida por el dolor, transmutada en un instrumento bélico más en esa Segunda Guerra Mundial que sirve de atrezzo salvaje.
El melódrama típicamente inglés no afecta a significados más profundos: Expiación se aleja del pintoresco cuadro de costumbres a lo Retorno a Brideshead o las cintas de James Ivory porque lo que pretende es hacer ver al espectador (al lector, primero) un propósito bien sencillo: vivimos a cuestas con nuestros pecados, crecemos con ellos y nos entierran. La única diferencia, el elemento que la niña de imaginación delincuente estipula como antídoto para el dolor es la literatura, la ficción pura, la escritura como asidero en el que abismar la tristeza infinita. Eso es lo que hace la escritora de éxito Briony Tallis: revivir a sus condenados en el siempre mullido reino de la imaginación. Allí, a salvo de guerras y de injusticias, de errores y de desmanes, les deja crecer en su casita junto a la playa y allí, en el libro que crece en su interior, es donde la escritora borra la escena que dinamita su adolescencia caprichosa y hedonista, ésa en la que los futuros amantes reconocen su idilio junto a una fuente, en un english garden de empaque victoriano y olor a té y conversaciones galantes. La poética de esta imágen sostiene toda la historia posterior. De alguna forma, ese momento encadena la vida de muchas personas.

Aprendemos en Expiación que el destino es un bicho cabrón, uno capaz de acallar el esplendor de una vida en base a susurros, a levísimos tics del azar. Aprendemos también que el romance se deja contaminar de tragedia o que tal vez es imposible deslindar el apasionamiento (un breve momento de ardor en una biblioteca frente a los ojos quemados por la curiosidad de una niña) de la fatalidad. Toda Expiación emana fatalidad, fatalidad y miseria moral. La felicidad imposible se convierte en fatalidad.
Esta historia de redención se abastece de un presupuesto formidable, cómo no. No basta que sea una buena película sino que está obligada a más. Esa vorágine de la industria es la que recrea una de las escenas más fascinantes que estos ojos míos han visto en una pantalla en muchísimo tiempo: la playa de Dunkerke, el pulcro y barroco y delirante barrido de cámara por un paisaje alucinante, el de los soldados devastados, el de los locos que miran el horizonte y entonan himnos que los hermanen en la tragedia, el de los acróbatas de su destino que burlan a la muerte haciendo unas risas frente al mar mientras todo alrededor se derrumba, literalmente. Y no es (además) gratuito este barroquismo visual: todo lo que vemos, esa guignol fastuoso, empuja la historia hacia donde sus creadores desean, aportando material útil para que lo que nos espera sea más íntimamente asimilado.
No hay aquí final feliz: no es posible que lo haya. Traicionar el espíritu de McEwan podría tirar de un extra de espectadores (el boca a boca a veces es un arma cargada de mala leche) pero lo precioso de la historia es su tramo final, la entrada triunfal de una Vanessa Redgrave arrebatadoramente plena, que explica cómo su novela (la que hemos visto en pantalla en los últimos ciento y pico minutos) es una farsa, una invención aliñada para expiar la culpa y el pecado y el peso de todos los demonios que te comen el corazón cuando sabes que no hay forma de devolverlo al estado de inocencia en el que nos fue entregado.
No es una obra maestra. Aquí viene el correctivo que me impongo para no perder el sueño esta noche y poder dormir. No lo es porque el material narrativo es tan magnífico que su conversión a fotogramas genera pérdidas irreparables. También hay momento de una gelidez desconcertante. Fría y astuta, así me pareció la película cuando había transcurrida su primorosa y fundamental primera parte. Esa frialdad conviene, se ajusta como guante al propósito que guía su sencilla vocación de historia de amor. Amor truncado, amor roto, amor convertido en melodrama de novelita rosa, pero el fondo es lo que importa, el imponente fresco de la condición humana. Oí en una tertulia de radio, una no excesivamente dispuesta a retirarle encanto al taquillazo, que Wright pecaba de artificioso. No llego a tanto, aunque me esfuerzo. Veo artificio en todo lo que sea ficción. Inevitablemente.
Hay mucha belleza en la película. Mi prosa precisa una inspiración que ahora no poseo para atajar las dudas del amable lector que crea que me excedo y que simplemente estoy vendiendo emociones personales en exceso.
Expiación tiene la elegancia suntuosa del cine clásico, parte de un libro sencillamente magnífico (la novela de Ian McEwan) y tiene el suficiente apoyo de la industria como para que nada la lastre y, sin embargo, algo me aparta de considerla la joya que probablemente es. A lo mejor falta David Lean al mando.
Lo mejor: El sobresaliente guión
Lo peor: Cierta frialdad
publicado por Emilio Calvo de Mora el 26 enero, 2008

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