Estamos, otra vez, ante una de esas películas que poseen una gran fuerza y vigor narrativo que ocultan una mirada endeble.

★★★☆☆ Buena

Expiación: Más Alla de la Pasión

Expiación en tiempos de guerra y paz. Imágenes y palabras que dibujan un proceso en tres registros visuales y sonoros. Ya desde el inicio el golpeteo sobre las teclas de la máquina de escribir (que refuerza el ritmo visual) nos insinúa la naturaleza metafílmica del relato. Vidas frustradas que solo pueden redimirse en un acto de imaginación. El remordimiento se aplaca con literatura (y con cine). La película de Joe Wright es valiosa en cuanto a que supone una concisa descripción de un alma débil que busca limpiar su conciencia a base de literatura de (falsos) buenos sentimientos; buscar refugio negando la realidad. Aquí se invoca el poder de la imaginación sin que esta noble cualidad humana tenga la categoría de auténtica purgación, al menos tal y como nos lo plantea en ese epílogo que desgrana al detalle el significado de los tres segmentos anteriores. Si acaso, literatura de desesperación.

Todo el desarrollo es coherente, sin duda, pero cuando llegamos al final de la supuesta purgación nos damos cuenta de que no se ha hecho cine para contar una historia verdaderamente compleja, sino que utiliza la historia para ofrecer un apabullante despliegue de preciosismo, aunque esto solo es apariencia. Véase la belleza descriptiva (y no desprovista de calado psicológico) del impresionante plano secuencia en círculo. La conclusión del relato nos indica que no es un capricho del realizador.


La estructura formal predomina sobre el contenido. Un contenido, por otra parte, que puede resumirse en un proceso vital fragmentado en tres niveles: origen del mal (la mansión de la familia Tallis, los jardines, fotografía de luz y colores vivos), consecuencias (paisaje de guerra, interiores de un hospital, claroscuros), revisión y reconocimiento del significado por parte de la anciana Briony Tallis. Viendo este esquema, identificamos la pequeñez del proyecto a desarrollar y estamos, otra vez, ante una de esas películas que poseen una gran fuerza y vigor narrativo que ocultan una mirada endeble.

Película no pretenciosa, pero sí, desde luego, demasiado preocupada en resultar ingeniosa a nivel visual, sin vertebrar un discurso contundente a partir de esa confesión expiatoria que, en última instancia, se asemeja más a un lamento egoísta que a una verdadera consideración desinteresada para con su hermana y el amante por cuyo amor tuvo celos. En pocas palabras; expiación es un concepto espiritual que va mucho más allá de ese gesto plañidero. Atonement es una película que se toma demasiado en serio a sí misma como para no reparar en el concepto que define el contenido y la intención última.

Tras el debate, ha sido tentador situarla en el nivel de la mediocridad. Pero no se puede negar su consistencia interna (a pesar de que el concepto a desarrollar sea más simple de lo que creíamos en principio), el magnífico uso de la fotografía, la emotiva banda sonora, la construcción de personajes tan versátil y enérgica, y esa narración briosa y juguetona que describe personajes y tiempos paralelos (a veces describiendo una misma escena desde el narrador omnisciente y, a la vez, desde la malévola perspectiva de Briony), sentimientos en la distancia y rencores que buscan la última oportunidad hasta en el reducto más desesperado: el arte.
publicado por José A. Peig el 21 enero, 2008

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