No era necesario, pero la humanización de M. Myers ha dado un resultado digno. Un producto simple, algo confuso en sus estructuras internas, pero fiel y contundente respecto a sus premisas fundamentales y a la mitología explorada.

★★★☆☆ Buena

Halloween El Origen

Carpenter creó una mística del Slasher escribiendo el cuento de terror desde la mirada enigmática del homicida. En aquel filme de 1978, como ya dijimos, personaje central y puesta en escena son un todo que articula los elementos en juego: psicología (ambigua), tiempo (cíclico), espacio ( Haddonfeld, geometría del terror) y acción. M. Myers contenía aquello de insondable y poliédrico que encierra lo desconocido.

Básicamente, la relectura de Rob Zombie aporta la humanización y/o explicación de aquel enigma con un sentido del riesgo – a tal fin – bastante limitado (aunque también honesto, visto desde otro ángulo). La implícita misoginia de Myers – en el original – encuentra aquí una explicación en unas raíces familiares caracterizadas por la presencia de mujeres indiferentes a las necesidades de Michael y el maltrato de un padre borrachuzo y cruel, en un deprimente entorno socioeconómico. Recurrir a los estereotipos simplifica el producto. Padre borrachuzo, madre de vida promiscua…¿cuántas veces nos han contado la misma historia?.

El estereotipo puede funcionar (no siempre) cuando su uso se ajusta a unas leyes afines a la mitología del subgénero. Michael Myers es un mito y un arquetipo que casi alcanza la categoría de canon cinematográfico. Así pues, atendiendo a sus atributos, digamos que la caracterología utilizada para perfilar el entorno social de Michael Myers encaja bien con el propósito a desarrollar. Eso explica que -a pesar de la simplificación observada en un producto que aparentemente quiere ofrecer la descripción de un proceso psicológico pormenorizado, nada menos que la génesis de un psicópata – termine siendo un producto sólido cuando lo contemplamos desde la óptica de su creador; jugar con el perfil y los atributos de Myers para encontrar la humanidad del mito inspirándose en los lugares comunes del subgénero. Evidentemente, es necesario un trabajo intelectual que supere los tópicos para exponer la génesis de un psicópata de tal forma que tenga validez narrativa y artística. Pero – y me remito a lo anterior – no nos engañemos. Rob Zombie no pretende articular un discurso intelectual , y su película no es tan tramposa como podía parecer en principio.

La película arranca sin contemplaciones. La fotografía ilumina y ejemplifica toda la sordidez del relato. La puesta en escena – aunque está a años luz de la profundidad psicológica, temporal y espacial que vemos en el filme de Carpenter – es un ajustado instrumento para expresar lo necesario sin caer en excesos gratuitos. Mucha hemoglobina, pero todas las secuencias violentas están resueltas con sobriedad y elegancia, no hay ese exceso de artificio que frecuentemente vemos en muchas películas de terror o de acción y que no producen otra cosa que una deformación gratuita para compensar la falta de imaginación visual. Muchas de estas secuencias, también hay que decirlo, suenan a ya vistas, situaciones resueltas con total ausencia de inspiración, y el uso innecesario de planos cerrados. Esto, repetimos, simplifica el producto, pero – volvemos a insistir – desde otro estrato del filme, se convierte en un rasgo ineludible, un lenguaje reverencial hacia los lugares comunes que definen el mito.

La caracterización del infante es otro punto destacable. La androginia de Myers , su belleza seráfica, lo convierte en un perfil hipersensible al universo de actos sexuales que lo rodea, en concordancia con la violencia desplegada en la segunda parte del filme frente a las adolescentes que hacen del sexo un motivo de burla o influencia sobre el sexo opuesto o sobre la inocencia (debilidad) de Laurie Strode. En este sentido, no en balde la construcción de los personajes femeninos (específicamente, las amigas de Laurie) apunta hacia la banalidad en los gestos y actitudes. Digamos que Zombie quiere que el espectador sienta empatía para con la humanidad de Myers. El homicida defiende a los inocentes y asesina a los acosadores, y todo esto encuentra una referencia en la descripción de su infancia. Sin embargo, aunque alude a la sensibilidad de Myers hacia los inocentes, el motivo profundo que induce la postración y el desenmascaramiento de Myers ante su hermana no tiene una expresión unidimensional, y ahí es donde la humanidad del personaje alcanza una cierta expresión poliédrica, más cercana al constructo ideado por Carpenter, la dimensión de lo real, tan sugerente y enigmático como el fenómeno humano: Michael se arrodilla ante su hermana, muestra la fotografía y su verdadero rostro. El silencio de Myers nunca fue tan significativo. Solo el instinto de supervivencia de Laurie provoca el trágico desenlace. Es el romanticismo de la víctima lo que en última instancia prepondera en el discurso sobre la génesis del mito.

Te he fallado , dice el doctor Loomis, quien aquí define a Myers como un anticristo originado por la confluencia de factores internos y externos, personaje más – y mejor – integrado en el relato que el Dr. Loomis de Carpenter. La maldad de Myers no es exclusivamente ontológica, es un hijo de las circunstancias. (Los espectadores atentos podrán apreciar, por cierto, algunos paralelismos entre el discurso utilizado por Zombie para explicar a Myers y el utilizado por George Lucas en Revenge of the Sith para explicar a Darth Vader…)

No era necesario, pero la humanización de M. Myers ha dado un resultado digno. Un producto simple, algo confuso en sus estructuras internas, pero fiel y contundente respecto a sus premisas fundamentales y a la mitología explorada.
publicado por José A. Peig el 10 enero, 2008

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