Una apuesta valiente por los juguetes tradicionales en plena era de los vídeo juegos.

★★★☆☆ Buena

Mimzy, más allá de la imaginación

La New Line Cinema, productora de sagas multimillonarias como ‘El Señor de los Anillos’ o ‘La Brújula Dorada’, realiza una valiente defensa de los juguetes tradicionales frente a los vídeo juegos en este título menor, que cuenta con uno de sus directivos tras las cámaras.

Una de las ventajas de ser el director de New Line Cinema y de haber convertido una distribuidora independiente en una de las productoras más influyentes de la industria, debe de ser la de poder volver –si apetece- a los orígenes de cineasta desconocido para ponerse al frente de un producto que no prospere en taquilla.

Poco importa que la linealidad exasperante con la que se aborda la realización, traduzca el invento en un filme de corte irregular, con demasiados valles y ningún pico culminante que evidencian la carencia de esa virtud impagable que, en cine, es la capacidad de saber transmitir. Poco que los cuatro guionistas contratados (por falta de uno) consigan, con mayor o menor acierto (en este caso, ninguno), brillar en la adaptación de un relato corto del matrimonio formado por Henry Cuttner y C.L. Moore.

Poco, porque al jefe hasta se le permite la licencia de lucirse con la virguería técnica que hace reflejar los dibujos de “mandalas” del joven Wilder en las gafas de su asombrado profesor de ciencias. No con la originalidad con la que Alfred Hitchcock rodara una de las escenas cumbres de Extraños en un Tren, tomando la imagen a través de unos cristales similares; proeza, años más tarde, repetida por Pedro Almodóvar en Mujeres…., sino, más bien, fruto de una de esas casualidades, llamadas “serendípitys”, que derivan de la mera cuestión basada en elementales principios físicos, fáciles de alcanzar por el peor vídeo aficionado el grabar a su novia con las gafas de sol puestas.

 

La historia, de interesante planteamiento y múltiples posibilidades, comete el error de colocar diferentes y demasiadas premisas sobre el tapete con la clara intención de no desarrollar ninguna de ellas, provocando un amalgama de conceptos y puntuales subtramas auxiliares que nada aportan al eje central del argumento ni conviene tener presentes en la resolución final.

 

Por momentos, comparable a la mítica Alice de Lewis Carroll, recurso recurrente donde los haya. A ratos, tan perdida como el protagonista de Inteligencia Artificial en presencia del hada azul. Sin olvidar los gusanos que conectan puertas temporales, en clara alusión a historias como Stargate o Timeline. Y, en última instancia, sustituyendo los seres de otras realidades espaciales por artilugios futuristas, cercana al Superman que “facturan” como única posibilidad de supervivencia, o al ET Spielbergriano que ha de volver a su hogar tras una arriesgada huída; el director no se resiste a la tentación de incorporar esas dos “novedosas” técnicas del cine contemporáneo: las famosas voces en off con excusa telepática y el imperceptible flashback que justifica el desarrollo de la acción. Tampoco a la idea de explotar los torpes y escasos efectos especiales para adaptarlos a las mínimas exigencias requeridas en el guión.

 

Sin embargo, el mayor despropósito de todos sería el de intentar analizar esta película desde un único punto de vista, el estrictamente cinematográfico y formal. ¿Por qué no perderse en el maravilloso mundo de los fondos que encierran mensajes bienintencionados?. ¿Por qué no admitir la posibilidad de que la totalidad del metraje no sea más que la metáfora encargada de reivindicar la importancia de los juguetes tradicionales, incluso de los más inservibles, en plena era de los vídeo juegos?.

 

Retomemos el hilo y retrocedamos, en un viaje en el tiempo, para llegar hasta un sentimiento puro recubierto de ADN. ¿Qué tal hasta esa parte del pasado en la que se ubica nuestra propia infancia?

Por aquel entonces, sabíamos que no todo lo que se encuentra abandonado en la calle ha de ser potencialmente peligroso, y se me ocurren el inofensivo juego de mesa llamado Jumanji y la curiosa cajita de Hellraiser. No. Todavía existía la alternativa de hallar sorprendentes objetos, estimados tesoros que “inexplicable” y sistemáticamente terminaban en la basura. Las madres sólo veían tablas de madera, calabazas y pisapapeles en lo que eran barcos piratas, caritas sonrientes y generadores mágicos.

¿Nadie quiso imitar a las azafatas del Un, Dos, Tres y provocó un apagón mientras extraía una pieza del cuadro de luces al tratarse del panel de la subasta?

Y cuando el presente sigue representado por esos habitáculos de cristal que secuestran mascotas virtuales sujetas al dictado de sus creadores, las posibilidades que ofrecían los peluches multiusos de antaño eran ilimitadas: amuletos protectores, hijos y alumnos, poderosos somníferos, monstruos que aterraban la aldea de los barriguitas, cómodos sillones…. eso sí, con un lenguaje ininteligible que sólo nosotros supimos descifrar.

 

Dentro de un reparto mediocre, en el que destacan las correctas interpretaciones de Timothy Hutton y de Joely Richardson (Resplandor en la Oscuridad), dando vida a anodinos y estereotipados personajes que se desdibujan sin remisión, asistimos al nacimiento de una estrella de nombre Rhiannon Leigh Wriyn; la jovencita, de naturalidad innata, sobre la que recae el peso de la trama.

 

Y, parafraseando al agente Broadman en ese momento en el que “No entiendo nada, pero me alegro”, he de admitir que nada me gustaría más que haber logrado arrancar una sonrisa nostálgica en el lector cinéfilo con esta visión de la película. Si no lo conseguí, será porque yo misma perdí la fantasía en algún escarpado recodo de la vida.

Lo mejor: Un viaje en el tiempo para recuperar parte de la fantasía perdida tras la infancia.
Lo peor: Falla la técnica... y hasta el guión.
publicado por Bruji el 9 enero, 2008

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