Para contar este singular largometraje el realizador utiliza una fotografía en blanco y negro. El resultado expresionista realza el carácter oscuro de la trama, donde el tradicional filme crepuscular se torna en irreal y fantasmagórico. La transición de la vida a la muerte por parte del protagonista (Johnny Deep, en un evidente casting, parece prestado de una de las cintas de Tim Burton) es la perfecta excusa para construir un western de itinerario. Pero también de aprendizaje. Y es que el viaje terminal de Blake arranca cuando aparece el indio Nobody (Gary Farmer, que volverá a repetir personaje en Ghost Dog, 1999), un extraño guía que “habla alto sin decir nada” y que está convencido de que Blake es la reencarnación del escritor inglés.

En Dead Man la palabra es importante, como en todas las cintas de Jarmusch; pero también la música: Neil Young, encargado de la banda sonora, consigue, con prácticamente un único solo de guitarra, amplificar la ya de por sí alucinante atmósfera. Un par de años más tarde Jarmusch le agradecerá su colaboración rodando un magnífico documental: El Año del Caballo (Year of The Horse, 1997).
En mi opinión, con esta sorprendente cinta, Jarmusch realiza su particular “Séptimo Sello”. Las similitudes con la influyente película de Bergman son abundantes: El carácter itinerante de la película a través de un espacio salvaje; las conversaciones entre Nobody y Blake, con la muerte presente en cada una de ellas; y la enfermedad. En este caso la peste es sustituida por el propio hombre blanco. Sus males han contagiado a los indígenas desde su llegada. Su presencia, y la violencia que genera, han cambiado para siempre la vida de los nativos.
Atención a Dead Man, y a su evolución. Por todo lo expuesto puede pasar de ser una película experimental, minoritaria, si se quiere de culto, a ser una obra importante dentro de la filmografía de Jarmusch y, por extensión, de todo el panorama cinematográfico moderno.
