Cuando Kurosawa dejó el Sake y se pasó al Bourbon.

★★★★☆ Muy Buena

Los dilemas morales simples y lo más masticaditos posibles, siempre han plagado el Thriller de Hollywood, para tratar de dar profundidad a en el fondo, meras historias de polis y cacos. Recordemos el archifamoso final de Seven: ¿matarías al asesino de tu esposa si tuvieras una pistola en la mano? O Harry el Sucio “¿para detener a un serial killer es necesario ceñirse siempre a las leyes garantistas?

“El Infierno de El Odio” (Kurosawa 1961) no es ninguna excepción a la regla: “¿Salvarías la vida a un niño, a costa de todo tu dinero”? Y es que Kurosawa, en una de sus producciones menos líricas y personales, nos plantea una película calcada al canon americano. Desde la occidentalización de los personajes (hasta los niños juegan vestidos del Salvaje Oeste) hasta el ritmo acelerado propio del suspense americano y sus numerosos giros argumentales. Maneja con soltura los elementos de la intriga, y rueda una película brutal: pero sin gracia, como si intentase imitar a Fritz Lang o a otros maestros del cine policiaco clásico.

Hay un héroe al que sus amigos dejan sólo, policias eficientes turbados por la inteligencia del antagonista, un cuarto poder dispuesto a colaborar con el orden público para capturar al malhechor, un paseo por los bajos fondos de la ciudad y una redención del malo de la película al final del metraje. Ni una novedad, ni un solo elemento diferenciador ni nada. Quizás sólo la secuencia de la discoteca, que en 7 minutos es más “Nouvelle Vague” que muchas pelis de hora y media de Godard.

Y es una pena, como hemos dicho, porque es una brillante historia contada con maestría y un pulso narrativo que nunca tiembla, pero con muy poca originalidad y encanto exótico.

Un 8 pero con una pataleta por no poner un 9.

publicado por Raccord el 26 diciembre, 2007

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