Tal vez el fallo de Bruce Evans haya sido escribir un guión a lo largo de diez semanas para entretener durante dos horas y ser olvidado en cinco minutos.

★★★☆☆ Buena

Mr Brooks

El particular Doctor Jekyll y Mister Hyde de Evans y Gideon es un entretenido thriller de inteligente trazado que, en sus horas bajas, echa mano de tres grandes glorias de Hollywood para continuar. El experimento funciona hasta convertirse en una de esas historias que inhiben el sentido crítico al no dar opción al pensamiento.  

  

¿Recuerdan a los Addams?. Había una graciosa escena en la que la genial Christina Ricci (Miércoles) asiste a un baile de disfraces con su habitual atuendo. “Voy vestida de psicópata”, decía, “porque todos los psicópatas tienen una apariencia normal”. Y no carecía de fundamento esta apreciación. Si ahondamos en la biografía de algunos de los más “carismáticos” asesinos en serie de la Historia, descubrimos que no faltan testimonios que definan a éstos como seres normales, educados y absolutamente encantadores.

 

La educación y el encanto, en manos de los guionistas de Mr. Brooks, alcanzan cotas inimaginables, hasta el punto de hacer tan creíble el perfil psicológico y humano de la faceta del Doctor Jekyll, que se hace imprescindible personificar la conciencia para dar profundidad al lado oscuro.

La entrada en escena de esa personificación, -que ya apareciera en algunas películas de Wim Wenders, como El Cielo sobre Berlín o ¡Tan Lejos, Tan Cerca!-,  resulta tan sorpresiva como el resto de acontecimientos que conforman la trama. Sentadas las bases y con un enfoque preciso de todos sus componentes, se impone un tipo de guión vertiginoso, frenético, con múltiples giros que no ofrecen concesiones ni dejan espacio a la reflexión. A veces, cercano a otros relatos que pueblan el firmamento cinematográfico, puesto que fácil es percibir la intensidad dramática de Seven, la recreación light de algunos pasajes de Resurrección o la oportuna llamada telefónica en la que “El mundo es más interesante con usted dentro, Clarice” de El Silencio de los Corderos; otras muchas, alejado de todos ellos.

 

Por su parte, las técnicas empleadas en el rodaje y el diseño de producción realzan la creación narrativa, mientras que la profusión de planos rápidos, la impecable planificación en la fotografía, la alineación escénica, la propia dirección artística y la perfección en el montaje, contribuyen a engrandecer el engañoso resultado final. Para colmo, la acertada contratación de Kevin Costner encara una nueva vuelta de tuerca que concluye en la delirante anulación del sentido crítico. Al menos, del mío. Y es que poco importa el devenir de los acontecimientos, la resolución del argumento o la suerte que corran los personajes, mientras que él continúe en pantalla.

Lo difícil de entender es que sea precisamente ahora, en esta película, cuando se empiezan a reconocer sus importantes cualidades interpretativas, las mismas que otros siempre habíamos detectado y admirado. El Costner-Brooks no es diferente al Jim Garrison, fiscal de Nueva Orleáns, que jugueteaba con sus gafas en el Caso Abierto de JFK de Oliver Stone; ni al irresistible intocable de Eliot Ness; ni al controvertido fugitivo de Un Mundo Perfecto; ni al tierno amante de Mensaje en Una Botella; ni siquiera es distinto al atribulado profesional que enamoró a las jovencitas de toda una generación con El Guardaespaldas. Kevin Costner siempre ha actuado de Kevin Costner, llevando a todos y cada uno de sus personajes a su propio terreno, ése en el que tan seguro se siente y que siempre levantó ampollas entre tantos sectores de la crítica.

 

La réplica perfecta a su última actuación, la encontramos en ese ente abstracto al que da vida un William Hurt que nunca podrá contar este papel entre los mejores de su interesante carrera. Sus intervenciones, muchas de ellas recogidas a través del espejo retrovisor de un coche, se mantienen dentro de la corrección más absoluta, pero muy alejadas de la magia que solía imprimir a sus personajes en tiempos pasados. Por supuesto, sin olvidar, a una de las actrices más camaleónicas del cine americano que, tras muchas vicisitudes y dándola ya por perdida, vuelve a emerger con esa sabiduría que la hicieran grande en películas como Striptease o La Teniente O’Neill. Junto a ellos, una de las grandes promesas del cine contemporáneo, Dane Cook, en lo que puede ser su despegue definitivo.

 

Y tras ciento veinte intensos minutos de metraje en los que no tiene cabida el aburrimiento, la verdadera pesadilla de Mr. Brooks comienza al salir del cine. Es ése el momento en el que, recuperados del trance hipnótico en el que astutamente nos ha hecho caer el director, recordamos las palabras del mejicano Alejandro González Iñárritu, que, básicamente decían que “si una historia no provoca una catarsis en el espectador es que algo ha fallado”. Tal vez el fallo de Bruce Evans haya sido escribir un guión a lo largo de diez semanas para entretener durante dos horas y ser olvidado en cinco minutos.          

publicado por Bruji el 12 diciembre, 2007

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