Al cine de fantasía épica y de aliento aventurero lo están domesticando en exceso. Están haciendo con él lo que antes han hecho con el de aventuras o con el de terror: facturar mediocridades. Eso sí, ésta es de una factura encomiable. Le falta alma..

★★☆☆☆ Mediocre

La brújula dorada

Tanta saga fantástica abruma, por lo menos; se siente uno acorralado por brújulas doradas, anillos de poder, armarios cosmopolitas y dragones más listos que un niño de primaria. El peso de la responsabilidad en los asuntos de la imaginación infatil y adolescente ha recaído en las grandes productoras del negocio cinematográfico. Donde antes volaba Gianni Rodari, Perrault, los hermanos Grimm, Michael Ende o el ahora parece que olvidado Roald Dahl ahora planea la Disney y su voracidad a la hora de hacer caja y, de camino, formar clientes que hagan caja: desde el padre hasta el hijo.
Viendo La brújula dorada en cine, vi familias completas (mía incluida) que demostraban hastío, entusiasmo, modorra o incluso incomprensión ante lo que la pantalla ametraballaba a ritmo de zeppelines art-decó, fastuosos colleges y osos con coraza que parecen dioses del olimpo. Yo mismo, creyente de la religión de la fantasía, me vi atrapado en una cascada de imágenes impecables, realizadas no dudo que con apasionamiento y presupuesto holgadísimo, pero carente de alma. Y esto va siendo ya norma en todas estas franquicias de inclinación bonancible, aunque huérfanas de talento, demasiado pendientes de la taquilla y del merchandasing de los personajes. De hecho, antes de entrar en la sala ya tuve la oportunidad de ver cómo la tropelía de infantes lujuriosos de infografía se cargaban en una hamburguesería a la vera de la sala de muñequitos de la película. Todo formidablemente orquestado para que la experiencia fuese multidisciplinar y beatífica. La sala, ya que entramos en lo que podemos denominar contexto, estaba abarrotada de variopinto género: pandillas de adolescentes con acné y móviles de última generación, familias numerosas, parejas de también variado espectro sexual e incluso divisé – a lo lejos, como queriendo no ser vistos – una pareja de abuelos que, no sé si extraviados o versados en la materia, esperaban con cara de satisfacción el apagado de las luces y el atronador sinfonismo del dolby surround.
Luego acude en tromba el festín visual: impecable arquitectura victoriana, impecable diseño de vestuario, impecable elección de elenco… ¿Qué nos duele, entonces, en el alma? Duele que la épica fantástica o, en este caso, fantástico-filosófico ( y hasta anticatólica, a lo leído) sea en la película un batido bien agitado y convenientemente administrado en fascículos coleccionables (hoy el primero) de elementos ya conocidos, ya asumidos, ya degustado por el gourmet adolescente o preadolescente (el infantil no va a pillar eso de un polvo metafísico y un internado de infantes a los que una máquina retro les roba una mitad y los hace adultos, como si eso no pasara solo pocos años después).
La brújula dorada nos reconcilia con el acto familiar (entrañable) de ir al cine cual si un acto religioso se tratase. Bien abastecidos de publicidad, hartos de ver en las estanterías de los grandes almacenes y en librerías de siempre la torre de volúmenes de Philip Pullman (La materia oscura, tres gruesas entregas), acudimos a ver qué nos van a dar ahora, qué pastillitas de colores para amenizar el ocio de un día de fiesta. El asombro dura lo justo: los títulos de créditos y una voz en off que cuenta en un plis plas el sombrío y cuasimístico argumento entregan un viaje no siempre entendido, farragoso por momentos, en el que una niña signada por algún sortilegio o capricho divino o leyenda ancestral debe salvar al mundo. El conglomerado de elementos de éxito contrastado en empresas tales (animales que hablan, hasta alguno bebe a morro; paisajes fastuosos; brujas que vuelan; batallas colosales; malos malísimos y ejércitos benditos…) no da aquí con la tecla de la iluminación.

La fantasía posee su imperio, sus códigos, sus viajes polares y hasta su brújula dorada ajena a ésta: todo lo aquí expuesto es materia formidable para alentar la imaginación. Tengo claro que más vale este informe gazpacho (soy andaluz, qué quieren) de magia domesticada que puñetazos a mansalva en los bajos fondos de cualquier entorno urbano finamente digitalizado.
La saga naufraga ya en su primera singladura. Es de tirón de orejas al avispado productor y a su séquito de bienintecionados (no lo dudo) obreros cómo es posible que dejen al siempre resptable público tan in albis, tan bruscamente levantado de la butaca. Quedan más partes, claro. Ignoro si la segunda entrega abrirá ilusiones nuevas. La mía, salvo imponderables, como suele decirse, no acudirá. Se quedará en casa viendo algo en DVD. O leyendo. Hace tiempo que no recomiendo, en abstracto, la lectura. La lectura sin compromiso. La lectura feliz. La lectura a la luz de un flexo mientras afuera el mundo se entrega a sus vicios. Algunos, ya lo sabemos, ancestrales. Hoy tengo a mano Las ciudades invisibles de Italo Calvino. La leí hace tiempo y ha regresado hoy. Tal vez algo de la película que vi anoche (y que ahora me voy explicando) tenga la culpa. Misterios del cine.
Lo mejor: El combate de los osos, las escenas polares, en general...
Lo peor: Su alambicado argumento.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 7 diciembre, 2007

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