Porque la más reciente película de ese liberalote sano y rubicundo que es Robert Redford va de eso precisamente, de lo importante que es la política y lo nefasto que es la deserción moral e intelectual que están haciendo nuestros jóvenes de hoy.
La película, como si de un episodio de “24” se tratara, acontece prácticamente en tiempo real. Una hora y media en la vida de un puñado de personas que, aparentemente no tienen nada que ver entre sí, pero cuyas historias están ligadas causalmente a través de una estructura muy al estilo de González Iñárritu.
Pero los parecidos entre “Babel” y estos “Leones por corderos” terminan ahí, en la voluntad estructural. Porque a la película de Redford le falta el aliento poético y la capacidad de sugerencia del cine del mexicano, para convertirse en un maniqueísta discurso de izquierdas tan moderado como bienintencionado… y poco emocionante, la verdad.
De los tres escenarios de la película, el bélico resulta inconsistente; el académico resulta, por momentos, hasta sonrojante y sólo la relación de atracción/fascinación/repulsión que se establece entre la veterana periodista de izquierdas interpretada por Meryl Streep y el prometedor político de derechas, Tom Cruise ofrece algún atractivo. Sólo en su entrevista/conversación hay un algo de tensión y emoción en una película blanda y meliflua, plana, de una frustrante obviedad.
La secuencia de guerra está tan cogida por los pelos que prácticamente sobra en su integridad. No provoca angustia, pena o emoción. Por mucho que los soldados desaparecidos sean dos buenos e idealistas muchachos, la historia bélica resulta intrascendente, máxime, al ponerla en relación con la conversación que el Redford profesoral y discursivo mantiene con su díscolo alumno.
Una película de tesis, sin fuerza ni gancho, que parece estar destinada a jóvenes estudiantes confusos y que, de tener más mordiente, podría servir, por ejemplo, para que el célebre Juez de Menores de Granada, Emilio Calatayud, la utilizase a la hora de animar a jóvenes problemáticos a enderezar su vida y a salir de una abulia que no conduce a nada bueno.
Es una pena que, mientras tipos como Michael Winterbotton filman excelentes películas como “Camino a Guantánamo” o “Un corazón indomable”, un director de la vieja guardia, habitualmente comprometido con la izquierda militante norteamericana, pegue tiros fallidos con pólvora mojada, cuando cuenta con todos los recursos y los medios para hacer buen cine de verdad.
Y es que de buenas intenciones está el infierno lleno.
Lo mejor: El duelo entre Cruise y Streep. Hay química.
Lo peor: El maniqueísmo discursivo que sólo puede interesar a unos veinteañeros que no verán la película.
