La interpretación de Dustin Hoffman, tan encorsetada en el registro monocorde, más la reiteración en un misma serie de planos que fijan en exceso la narración, hacen que el mismo núcleo emocional que sostiene el filme se reduzca a un estereotipo, muy

★★★☆☆ Buena

El graduado

Quiero ser diferente. El silencio como única respuesta mientras Simon y Garfunkel armonizan su música con el estado emocional del protagonista, un joven de 20 años con toda la vida por descubrir y sin un rumbo definido. Su rostro ocupa todo un primer plano largo hasta que se convierte en general para definir al hombre en sociedad. Llega a la casa de sus padres, felicitaciones, la cámara no pierde ni un detalle de su expresión apática ante la reiteración de los formulismos sociales que le agobian, casi la imagen de una sociedad reducida al gesto convencional, sin capacidad de comprender lo que en verdad preocupa a un joven que todavía no está preso de esa hipocresía y ese pensamiento acomodaticio. Cuando parece que no hay salida y que el rito va a seguir la lógica de la corrección social, una atractiva mujer (Anne Bancroft), amiga de su familia, será el elemento que dinamite la situación para incitar a la violación de los esquemas establecidos. Quería ser diferente, y el reto se presenta bajo la figura de mujer desnuda e irracional, punto a partir del cual comienza la aventura de ser joven: carecer de planes preestablecidos y fluir con las tentaciones.

Parece que a Mike Nichols (1967) no le interesa tanto construir un personaje contundente y ejemplar de una generación como una caricatura del niño rico enfrentado a las brechas del sistema familiar y las relaciones entre las personas adineradas en su conjunto. Predominan los planos largos con la finalidad de enfatizar la pulsión introspectiva hacia el personaje central, pero la interpretación de Dustin Hoffman, tan encorsetada en el registro monocorde, más la reiteración en un misma serie de planos que fijan en exceso la narración, hacen que el mismo núcleo emocional que sostiene el filme se reduzca a un estereotipo, muy adecuado para la sensibilidad contracultural de finales de los sesenta, pero que ya poco puede aportar desde una perspectiva actual.

La carrera final en busca de la novia prohibida y la violación del espacio y del rictus sagrado en una iglesia, con el grito que rompe la tranquilidad del curso normal de los acontecimientos, es la reafirmación conclusiva de ese joven que, queriendo ser diferente, termina por conseguir el amor mediante salvaje incorrección, inclusive la cruz arrancada de su aposento sagrado que le servirá como instrumento para sacudirse la presión de una mayoría social.
publicado por José A. Peig el 15 noviembre, 2007

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