Si no se tiene un pulso firme, tantos altibajos pueden llegar a desconcertar, haciendo intransitable un camino con curvas muy cerradas. Maneja bien el asunto Gracia Querejeta y echa millas. Tanto ímpetu es arriesgado pero conlleva una recompensa y la que recibe Querejeta –aunque el regalo nos lo hace a nosotros- es el honor de haber hecho una de las películas más sinceras de los últimos años. El quinto viaje emocional de la guionista y directora resulta sencillo, está narrado sin grandes brusquedades, penetra con suavidad y eso que el poso que nos deja, aunque con pinceladas de humor, no es fácil de tragar.
Juega con un valor, el de la cercanía, y lo deconstruye: los personajes que perfila son gente como usted, como yo, son personas que se reúnen en torno a un proyecto y se ilusionan. Se desgastan y recuperan fuerzas, avanzan y luego caen, pero se levantan… Esa lucha por seguir adelante, a veces solo, mejor en compañía, marca la obra de esta mujer que tiene mucho que contar y que a veces confía en un observador externo, como David Planell (con quien firmó Héctor), antes de servirnos en bandeja el resultado final.
Blanca Portillo y Maribel Verdú se baten en duelo, el espectador es quien debe juzgar sus interpretaciones. Desde aquí pensamos que salen indemnes, que las dos se presentan como supervivientes. Es la tónica general en el cine de la madrileña, acuérdense del enfrentamiento entre Mercedes Sampietro y Adriana Ozores en Cuando vuelvas a mi lado, de la que destacamos todo: Marta Belaustegui, la intensidad, Julieta Serrano…. Al igual que aquella, esta cinta que transmite realidad no es una más: es altamente recomendable para todos los que alguna vez nos hemos sentido un poco abandonados y gracias a una mano amiga, o al cine de Gracia Querejeta, hemos salido adelante.
Lo mejor: La cercanía y la naturalidad de las interpretaciones.
Lo peor: Nada.
