El mayor mérito del filme es la creación de una imagen dual representada en el paralelismo o simbiosis surgida entre Clifford y Howard Hugues. Aquí tenemos, ya era hora, la primera gran película de la temporada. No se la pierdan.

★★★★☆ Muy Buena

La gran estafa

La ambición y el éxito tienen en la nueva película de Lasse Hallström un exponente conciso y desprovisto de juicios morales, lo cual favorece el adecuado abordaje de un tema que va más allá de la apariencia de biopic nostálgico para ser la cruda representación del humán víctima de su propio sueño ególatra y de una sociedad que alimenta el sueño en función de unos intereses, para luego cortar, implacable, con la esperanza de alcanzar el cielo de los dioses partiendo de las cenizas del fracasado.

Entre la sátira y la comedia agridulce, el relato nos sumerge en la génesis, desarrollo y conclusión de un proceso que comienza con el ideal del éxito impulsado por la efusión icónica de un personaje irrepetible en su época – el extraordinario y siniestro Howard Hugues -, de ahí en adelante describe las aventuras de Clifford Irving (inmejorable Richard Gere) en su obsesión por escribir y ganarse la credibilidad con un libro de gran impacto social en una época de grandes convulsiones en el orden social y político.

De manera muy efectiva, el filme configura la narración alternando escenas de ficción con documentos reales que ilustran la agitación popular en Norteamérica a principios de los setenta. Digamos que el personaje de Clifford Irving esta en una posición neutral respecto al Zeitgeist de su época ( sus motivaciones son pura egolatría), pero el uso del montaje en las secuencias – mediante el ritmo y el pulso dinámico que va enlazando las situaciones – integra al personaje en el maremágnum de la sociedad sobre la que pretende influir a base de manipulaciones, maneja supuestos datos confidenciales y juega a ser poderoso.

El mayor mérito del filme es la creación de una imagen dual – y complementaria – representada en el paralelismo, la correlación existencial o, sencillamente, la simbiosis surgida entre Clifford (símbolo del hombre vulgar que sueña con el cielo de los dioses) y el mismo Howard Hugues, cuya presencia en el filme esta circunscrita a la imagen mítica del icono, imagen que, en la atormentada imaginación de Clifford, toma el cariz evanescente que le es propio a todos los mitos de todas las épocas. Hay un plano que resume la esencia y el mensaje de la película, expresión contundente del poder de la fama y el mito sobre las mentes (vulnerables) de los que tan solo aspiran a llegar a serlo; en la secuencia de Clifford presentando su libro, su rostro, empequeñecido, aparece junto al de Howard Hugues al fondo, enorme, un rostro mayestático que contempla la degeneración de su títere. Los dos rostros ocupan todo el plano y la película, al fin y al cabo, cuenta una misma historia de ambición pero desde dos posiciones y dos símbolos distintos.

Si a ello le sumamos el tratamiento nada manierista de los personajes y de la historia, una exposición de sentimientos, paranoias y deseos en el marco de una época representada con gran fuerza visual y narrativa, sin hacer juicios de valor sobre las acciones de los personajes y su significado inherente, es decir, mostrando la vida tal y como es para el que el propio espectador pueda participar en la complejidad de la vida representada, aquí tenemos, ya era hora, la primera gran película de la temporada. No se la pierdan.
publicado por José A. Peig el 1 octubre, 2007

Enviar comentario

Leer más opiniones sobre

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.