El duelo interpretativo que llegan a entablar las actrices protagonistas, la probada melomanía del director de “Shine” y la impecable adaptación del guión, terminan haciendo de “Sin Reservas” una receta cinematográfica “comme il faut”.

★★★★☆ Muy Buena

Sin reservas

Versión americana de “Deliciosa Martha”, la producción alemana que, en el año 2.001, nos conquistó no sólo por el estómago. El duelo interpretativo que llegan a entablar las actrices protagonistas, la probada melomanía del director de “Shine” y la impecable adaptación del guión, terminan haciendo de “Sin Reservas” una receta cinematográfica “comme il faut”.

Si recordamos a la guapa-francesa-dibujo-animado que aparecía en Ratatouille, nos asomamos al personaje de Martina Gedeck en la historia original de Sandra Nettelbeck, y contemplamos la determinación con la que la genial señora de Douglas sentencia que “todos sus platos culminan comme il faut”, llegamos a la conclusión de que todas las “chefs” de la alta cocina mundial son mujeres de armas tomar. Es posible que así sean todas las grandes profesionales de los cinco continentes. Y es posible también que esta actitud ante la vida no parta de un instinto natural de protección, sino de un estudiado ejercicio de supervivencia. Mas, como dijera Ortega y Gasset, “El río se abre un cauce y luego el cauce esclaviza al río”, certera explicación que podría justificar la mal llamada adicción al trabajo y su peor consecuencia, el temor por una vida, la propia, con la que no ha dado tiempo a fraternizar. “No hay libros de cocina para la vida”.

Antes de nada, conviene no confundir al espectador. Aunque así se haya comercializado, Sin Reservas, versión americana de “Deliciosa Martha”, no es una comedia romántica, porque tampoco lo era la historia en la que se inspira. Si de buscar género se trata, justo es indicar que tan recurrente argumento se ha de entender como un testimonio vital que, como todos, llevaría implícito el drama, y el sentido del humor como necesario mecanismo de compensación. Su finalidad no es otra que la de acercarse a ese concepto subjetivo y abstracto, que se construye desde el interior, llamado “felicidad”. “La suave brisa que, de vez en cuando, te roza la cara”, como solía definirlo Banderas, malagueño internacional. Llegados a este punto, sería irresistible pensar que tal argumento, -por cotidiano y masivamente explotado- podría llegar a resultar tan insustancial dentro de una adaptación cinematográfica como la propia producción que lo contiene, una intrascendental “comedia romántica”. Y ahí es donde fallan todas las predicciones.

Parafraseando su exquisito guión, “la vida es imprevisible” y, afortunadamente, el cine también lo es, por lo que las recetas que algunos inventan, contra todo pronóstico, se alzan como las mejores. Alabados sean los directores que, aun en nuestros días, son capaces de adentrarse en un género manido, despojarlo de sus clichés y, sin pretensiones reivindicativas, lograr elevarlo. Evidentemente, al hablar de “algunos” no nos estamos refiriendo a “cualquiera”. Scott Hicks marca un hito en la historia del cine con Shine, al contar la biografía de un pianista absolutamente desconocido, para hacerle famoso. Lo habitual sería lo contrario, hacerse eco de la biografía de un músico ya consagrado. En Sin Reservas, nos confirma que su incursión en el mundo de la música no fue casual ni puntual, puesto que uno de los mayores aciertos del filme que ahora orquesta, se basa en la adecuada utilización de la banda sonora. La partitura de Philip Glass –de por sí, sobrecogedora- será sabiamente mezclada con importantes piezas de ópera interpretadas por el mismísimo Pavarotti, que, aderezadas con diversos temas populares, la erigen, en no pocos momentos del metraje, en protagonista absoluta.  Como en la buena cocina, tan magistral habilidad para encontrar la clave de las dosis perfectas, tan sólo será un ejemplo de la interesante combinación que alberga el resto de la cinta entre los diversos aspectos técnicos y artísticos que la terminan componiendo.

La comedida utilización de las voces en off; la acertada fotografía de interiores, que aprovecha al máximo los escasos espacios exteriores que permite el rodaje para captar la belleza de un Nueva York desconocido, y una cuidada dirección artística que recrea los entresijos de un restaurante inexistente, se alternan con el espectacular duelo interpretativo que se establece entre la naturalidad de la Pequeña Miss Sunshine y la profesionalidad de una de las mayores divas del cine contemporáneo. “La magia entra en escena”, exclamaba Jack Lemmon antes de que bajara la claqueta. Esa magia procede de una escena de Traffic, en la que la guapa bailarina, que muchos creyeron de sangre latina, pronunciaba con verosímil frialdad un “Vuélale la cabeza” que impactó en la retina de muchos cinéfilos que le juramos fidelidad. La magia que hace absolutamente prescindible a su partenaire masculino. Cuando ella llena la pantalla, aun teniendo en mente a señores de la talla de Connery o Clooney, ¿quién no lo es?

publicado por Bruji el 26 septiembre, 2007

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