El guión del propio McLean no ofrece nada nuevo: todo está ya más que visto. Esto es lo hemos escrito muchas veces, pero lo sorprendente y lo que timbra esta cinta de especial es la capacidad de su autor para mantener cierto tipo de equilibrio que únicamente se ve alterado con la previsible, necesaria y atractiva parte final, rigurosa y heredera de todo el patrimonio estético alumbrado por Boorman, Hopper o Craven, maestros fundacionales del género.
El paisaje australiano incorpora un atrezzo progresivamente hostil, que influye en muchas de las sensaciones provocadas por el desarrollo de la trama, pero no al modo en que Aja lo usa en Las colinas tiene ojos. Aquí el naturalismo tiene una morosidad interesada, cómplice del pausado recorrido del guión. McLean obvia la casquería y monta un producto digno, nuevo dentro de que es imposible que lo sea enteramente, pero por encima de la riada infame de películas de terror juvenil, reventonas de carne, fundamentadas en un número siempre satisfactorio de escenas “calientes” donde el psicópata de turno desmembra al personal y guarda en un sótano las vísceras como trofeos de caza.
Lo mejor: Que los personajes sean más nítidos que lo acostumbrado.
Lo peor: Su premiosidad, en ocasiones.
