No llega toda al sangre al río de fotogramas de este engendro salvable por momentos, aunque inevitablemente destinado al olvido. El colmo del asunto es que Dan Madigan, guionista del casi-bodrio que nos ocupa, es oficiante y maestro de ceremonias de la WWF americana, la lucha libre, y hasta está producida por una compañía filial de una cadena del ramo. Entonces no podemos pedir mucho. El hombre se ha dejado llevar y ha escrito un libreto reventón de tópicos. Ahí está el grupo coral abocado al exterminio, el gigantón descerebrado cuya madre castradora y de perturbado cristianismo le desconfiguró el disco duro cuando era un infante delicado y prometedoramente cívico y humano. También encontramos el arsenal previsible de escenas gore que encandilan más desde que la franquicia de Saw abriera de nuevo la veda cerrada por Michael Myers o la serie Z italiana de saldo de videoclub.
El regusto teenager se ha embrutecido con el hasta ahora poco socorrido recurso de acudir a unos presos que rehabilitan un hotel abandonado: slasher con abundancia de retorcidas escenas que sonrojarían a un Hannibal Lecter en ayuno y que compendian con eficacia trompetera el decálogo del género. La elección del descomunal Kane, nacido en Madrid, por cierto, garantiza la tensión física, pero el director, Gregory Dark, otrora fajado en el cine porno, la hace decaer en el tramo medio de la cinta, perdiéndose lo que es, en mi opinión, un mayúsculo arranque. Nada: una ilusión quebrada. El resto del metraje es aburrido, salpimentado por ágiles movimientos de cámara y correcta ambientación – faltaría más habida cuenta de los presupuestos manejados – y alguna que otra gracieta que desarma el asco en el estómago y nos pinta una sonrisa levísima en el atirantado rostro.
Lo mejor: El arranque, que las prometía buenísimas y luego...
Lo peor: El resto, el resto.
