Al hablar de un gran reparto (realmente lo es) aceptamos azúcar como edulcorante sin calorías, e incluimos a Cage en el elogio.

★☆☆☆☆ Pésima

El señor de la guerra

Suele suceder que las buenas intenciones no siempre se traducen en resultados satisfactorios. En esta ocasión, al hablar de buenas intenciones, me estoy refiriendo a la apuesta valiente del director y de los productores de El Señor de la Guerra, al querer abordar directamente el tráfico internacional de armas. Un proyecto que les obligó a buscar inversores extranjeros para su película, al no encontrar capital estadounidense por tratarse de un argumento polémico.

Sin embargo, suele suceder también en cine, que, en muchas ocasiones, la gracia del asunto no está en lo que se cuenta, sino en la manera en la que se cuenta, y en esta historia ha fallado descaradamente el “cómo” hacerlo. Un claro ejemplo en el que una premisa apasionante se va al traste por un desafortunado guión, un planteamiento inadecuado y una dirección poco centrada, que dejan bastante que desear.

De nada sirve haberse basado en hechos reales, -tales como la existencia de helicópteros militares que fueron vendidos como material de salvamento, el cambio de nombres y de bandera de barcos de traficantes en alta mar, la extraña salida de la cárcel de uno de los mafiosos de armas más poderosos de América, o el saqueo de los arsenales soviéticos, tras la desaparición de U.R.S.S.-, si no les han sabido sacar ningún provecho.

La historia de Andrew Niccol se inicia con un primer plano de Nicolas Cage (protagonista absoluto) dando explicaciones, que nadie le ha pedido, sobre una vida, que todavía no se conoce, a no se sabe quién; y cuenta con dos partes bien diferenciadas.

La primera de ellas, especialmente tediosa y torpemente narrada, se caracteriza por la aparición de una molesta voz en off que sirve de hilo conductor, y lejos de ser una crítica de nada, se convierte en el manual de “el traficante perfecto”, con una explosión de datos técnicos sobre la M60 (utensilio favorito de Rambo I) y la AK47 (verdadera arma de destrucción masiva) que sólo pueden interesar a quienes regenten una armería.

Una primera parte de la que lo único que seduce es la idea de abandonar la sala.

Las deficiencias del guión (patentes en todo momento) se aprecian, por ejemplo, en lo increíble que resulta que un joven inmigrante ucraniano que reside en un barrio marginal americano, sin conocer previamente el negocio, sin contactos ni mentores, no sólo consiga introducirse en el mercado ilegal del tráfico de armas, sino que además pueda moverse libremente por él sin problemas. Debe de ser porque en el personaje de Cage se han condensado las figuras de cinco traficantes de armas diferentes, y quizás, ése sea también el motivo por el que Don Nicolas ni envejezca ni pierda facultades profesionales a lo largo de la historia.

Además de hacer al protagonista absolutamente irreal, el guionista se esforzará, desde el principio, en emitir frases supuestamente ingeniosas y que constituyan sentencias incuestionables. Un objetivo que tampoco se consigue. No sé lo que podrá pensar el espectador norteamericano sobre ellas, es posible que hasta signifiquen algo en ese país, pero a mí poco o nada me dicen afirmaciones como las que se recogen en este relato: “En el mundo hay un arma por cada doce personas, ¿cómo se arman las otras once?”, “La primera vez que vendes un arma es como la primera vez que haces el amor: no sabes lo que estás haciendo, pero es emocionante”, “Lo malo de enamorarte de la mujer de tus sueños es que ésta se hace real”, y otras de características similares.

La mujer de la que se enamora, por cierto, será una de esas esposas trofeo que desconocen las actividades delictivas de su marido, pero a las que no les importa vivir mejor que el Papa. Y yo pregunto, ¿es este otro personaje real?. Desde luego, de ser así, a esto se le debería llamar confianza ciega o exceso de hipocresía. Cuando la ingenua esposa averigua la verdad, un arranque de dignidad le impedirá “fracasar como ser humano”, pero…. ¿y hasta entonces?. En cualquier caso, una postura muy diferente a la que adoptara otra esposa-trofeo, la de Traffic que, para mi gusto, tuvo una reacción mucho más normal.

A partir de la caída de la Unión Soviética, se plantea la segunda parte de la película, mucho más prometedora que la anterior, y en la que la voz en off (que sigue siendo insoportable) va desapareciendo gradualmente. Digamos que estamos entrando en una narración mucho más convencional de lo que va quedando de historia.

En ella, destacan los duelos interpretativos entre Nicolas Cage y Ethan Hawke, entre Nicolas Cage y Jared Leto; una gran propuesta de casting que vuelve a estropear el director, haciendo trabajar a tan espléndido trío sólo al 10% de sus posibilidades.

Al hablar de un gran reparto (realmente lo es) aceptamos azúcar como edulcorante sin calorías, e incluimos a Cage en el elogio. Un actor odiado por muchos cinéfilos, que no ha hecho nada decente desde Leaving Las Vegas; teoría que se ve ratificada con sus últimos trabajos todavía no estrenados en España, El Motorista Fantasma (que debe de ser la versión de Piratas del Caribe en dos ruedas) y el papel de súper héroe que interpreta en el último arrebato patriótico de Oliver Stone sobre las Torres Gemelas.

Algo bueno tiene también esta segunda parte, y es que le director ya le va cogiendo el tranquillo a ser guionista, y consigue lo que había pretendido desde el inicio: escribir una frase contundente en la que Cage, prestigiosísimo traficante internacional, indica a Ethan Hawke, fiel funcionario de la Interpol que “Su jefe es el mayor traficante de armas del mundo”. Por supuesto, al hablar de su jefe se está refiriendo al anticristo, o lo que es lo mismo, el presidente de los U.S.A.

Claro que… a estas alturas del metraje, ya es muy difícil conciliar ambas partes de la película –recordemos que en la primera, urgía salir del cine- y pensamos que la leyenda del final “Los mayores proveedores de armas del mundo son también los países que están en el consejo permanente de seguridad de la O.N.U.” debería haber aparecido justo al principio, porque esto no le habría restado originalidad al relato, y sí le habría aportado sensatez.

En todo caso, ésta es la triste historia de un argumento impactante que tuvo la mala suerte de topar con un director y guionista que debió suspender la asignatura de “Cómo se cuentan las cosas”. ¡Una pena!.
publicado por Bruji el 10 septiembre, 2007

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