Una correcta narración que aborda temas de índole humanitaria, pero el abordaje se queda en una idea “comodín”, bienintencionada pero sin capacidad de reformulación o disección de los problemas de fondo.

★★☆☆☆ Mediocre

El final del espíritu

Frente a películas como ésta, tan pensadas con la finalidad de dar lecciones morales, humanitarias o éticas, no hay que perder de vista la índole discursiva de una narración no enfocada a su efectividad y realización íntegra, sino que está subordinada al mismo discurso. Dicho de otra forma, la representación se escinde en dos estratos; el estrato visual y el de la palabra. Con lo cual tenemos que la representación es más una representación hablada que imaginada (imagen), y ello produce un sesgo en el resultado final. Una película ante la cual percibimos que su contenido y desarrollo podría ser igualmente entendido con imagen o sin ella, nunca podrá ser una gran película, porque es más discurso oral que expresión de la imagen (nunca hay que alejarse de la esencia del cine).

La voz en off dice más que la propia imagen, y esto también es una consecuencia de la escasa capacidad visual del realizador Jim Hanon, sin bien es cierto (y en éste punto nos enfrentamos con el gran handicap de la película) que en algunos momentos clave luce una gran precisión : la escena de las muertes a manos de unos indígenas que en inicio no parecían hostiles, pero que luego derivan en una brutal violencia, o la imagen cuya función es la de intersección o centro del significado dramático: aquella en la que vemos a Mincayani contemplando la fotografía del hijo del hombre al que acaba de dar muerte, cuya silueta desvalida vemos en el fondo del plano. Esa misma fotografía jugará un papel fundamental en el futuro, momento clave de reconciliación y perdón.

Lo cierto es que todos los elementos están bien organizados de cara a contar una historia como mandan los cánones, a nivel estructural no se le puede reprochar nada, el problema es la narración farragosa y propia de la narración manierista, en todo momento quiere controlar los pensamientos del espectador, y eso es algo que nunca debe hacerse cuando es un relato de índole reflexiva, a pesar de que sus intenciones son buenas.

Es una película sobre la violencia y el rencor, y sobre cómo el retorno al origen ( a la herida que inició la espiral de violencia), y el reconocimiento de las violaciones mutuamente infligidas, nos lleva al perdón y a la empatía. Lo que sucede es que todo el discurso y trasfondo temático es un tópico en sí mismo. Mejor dicho, la película en sí misma es plana como un folio, discursiva y panfletaria (moralina religiosa incluida), demasiado a menudo se deja llevar por el tono preciosista y sensiblero, tanto en la recreación del bello paisaje amazónico como en el dibujo de la relación amorosa entre padre e hijo ( ¿cuántas veces hemos visto ya la hipermegatópica despedida entre un personaje que se va a bordo de un vehículo – una avioneta, en este caso – y otro personaje que corre al tiempo que grita “te quiero”, “vuelve” o cosas por el estilo?).

En fin, una correcta narración que aborda temas de índole humanitaria, pero el abordaje se queda en una idea “comodín”, bienintencionada pero sin capacidad de reformulación o disección de los problemas de fondo.
publicado por José A. Peig el 20 agosto, 2007

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