Pero yendo al grano, a la cinta de Rodríguez le ocurre lo que a otros trabajos suyos previos. Ofrece buenas ideas, secuencias de factura magnífica (los títulos de crédito de esta cinta le vuelven a avalar como un gran filmador de stripteases tras su destape en esta faceta con el ya mítico de la Hayek serpiente en ristre), brutales golpes de humor (el falso trailer de Machete o el chiste sobre el Papa se salen) y ratos de acción rodados con simpar originalidad. Sin embargo, cuando uno rasca sobre sus atractivos envoltorios, el conjunto que éstos desvelan es más bien pobre. De momento, me sigo quedando con su fidelísima traslación de las viñetas al celuloide del Sin City de Miller, donde el mexicano daba un paso adelante en la adopción de tecnologías digitales al servicio de una idea estética muy concreta y, al mismo tiempo, mejoraba sus buenas dotes para las composición de scores; cosa que también se deja notar en la banda sonora original de Planet Terrror, con uno sonido claramente deudor del de Sin City.
Debo reconocer que Planet Terror no me entusiasma en exceso porque tampoco lo hacía en su momento el tipo de cine que ésta pretende homenajear. Me terminan por cansar los exagerados baños de sangre con afán humorístico o el aniquilamiento de zombis/contagiados en plan videoconsola. Sí me gustan personajes estrafalarios como el de la pareja de hermanos —el policía y el propietario de un destartalado bar de carretera— en competencia vitalicia por conseguir la mejor salsa barbacoa del estado de Texas. Y también me gusta que Rodríguez, al estilo de Tarantino, recicle en sus filmes a conocidos actores del pasado que ahora podemos redescubrir en insospechadas facetas (como el gran Michael Parks, un habitual en los últimos trabajos de la pareja Rodríguez-Tarantino).
Sin embargo, tras haber visionado Planet Terror, aún veo a Robert Rodríguez como un tipo ingenioso que se ha sabido rodear y aprender de amigos del mundo del cine con más talento y mejores ideas que él. En cierto modo, me sigue pareciendo un prometedor discípulo que comienza a cincelar un estilo propio (como el irrenunciable toque hispano de todos sus trabajos), pero al que le falta liberarse de tantas referencias ajenas para ofrecer algo más inequívocamente suyo.
Lo mejor: Algunos golpes de humor o la deliberada estética cutre de algunas secuencia
Lo peor: Que Rodríguez siga debiéndole mucho a las ideas ajenas, como a las de Tarantino, y que no termine de despegar como un realizador con algún trabajo redondo de cabo a rabo (tampoco éste lo es).
