Aprovechando la buena acogida de bodrios como “Hostel”, y con nulos conocimientos geográficos e históricos, los guionistas estadounidenses, una vez más, se obstinan en insultar la inteligencia internacional. Decepcionante, incluso para los más fervie

★☆☆☆☆ Pésima

Turistas

Especie de proyecto de fin de carrera que, inexplicablemente, obtuvo financiación y posterior distribuidora. Aprovechando la buena acogida de bodrios como “Hostel”, y con nulos conocimientos geográficos e históricos, los guionistas estadounidenses, una vez más, se obstinan en insultar la inteligencia internacional. Decepcionante, incluso para los más fervientes amantes del subgénero.

Basada en la típica fórmula de “lo que parecían unas vacaciones paradisíacas, se convirtieron en una pesadilla”, en la paranoica obsesión de los norteamericanos por encontrase siempre en peligro, sobre todo, en aquellos lugares en los que las palabras mágicas “Soy ciudadano de los Estados Unidos de América” no significan nada, y en la explotación de miedos internacionales; Turistas no es una película de terror cualquiera.

En realidad, no es más que una burda recopilación de todo tipo de situaciones y diálogos inherentes a esta clase de historias, sustentada en los clásicos rostros de “moriremos todos” que, por su inverosimilitud, conducen, irremisiblemente, a la mofa tediosa.

Por ello, en no pocos pasajes, la cinta de John Stockwell (ídolo del aire en su juventud) no alcanza la categoría de “película”, traduciéndose en una especie de proyecto de fin de carrera que, inexplicablemente, obtuvo financiación y posterior distribuidora, quizás, por aprovechar el tirón de bodrios como la saga de Hostel.

Su guión –de principio a fin- no sólo se presenta como el paradigma de la incredulidad, sino que, de manera sistemática, se obstina en insultar la inteligencia y el sentido común del espectador. En este aspecto, admitimos la posibilidad improbable de que un grupo de adolescentes descerebrados, tras sufrir un accidente que les sitúa en medio de la nada, centre todas sus energías y preocupaciones en el modo de disfrutar de los placeres gastronómicos y sexuales de un lugar que desconocen (significativo el plano de un preservativo usado). Sin embargo que “la ocurrencia” sea ejecutada por ocho cuarentones, debe de ser la pera limonera.

Del mismo modo, aceptamos la existencia de una lujosa mansión que se ubica en el interior de la más absoluta pobreza, aunque ésta pertenezca al tío de un humilde joven que encontraron en la playa. Claro que, que dicha casita esté equipada de cámaras de seguridad de última tecnología, de ricos manjares, ron añejo y de pantalones vaqueros de la talla exacta de una de los protagonistas, han de ser motivos más que suficientes para empezar a sospechar de sus moradores. Da la sensación de que los niños de USA nunca leyeron La Casita de Chocolate. Como los suecos sí lo hicieron, a éstos se les conduce atados y amordazados, al más puro estilo de Apocalypto.

Por otra parte, no estaría de más que Stockwell se dedicara a explicar en qué punto exacto de la geografía brasileña se unen el mar y la selva, por qué en diez horas de senderismo la intensidad de la luz solar permanece invariable y en qué momento histórico los suecos, australianos y estadounidenses saquean caucho y azúcar brasileños. (Con esta última premisa, miedo tendría que darnos a los españoles veranear en Latinoamérica). Sin contar el mal gusto que sitúa la acción en algún lugar de Brasil, como si en el imperio Bush no existieran este tipo de prácticas, psicopatías y nacionalistas “altruistas”. Por este motivo, ni siquiera convence la supuesta crítica social que propone, ni la original vuelta de tuerca que se observa en el mítico guión de Coma, la célebre historia de Robin Cook, que llevara Michael Crichton a las pantallas.

El desarrollo de la trama, por su parte, fruto de una precisa y exasperante irregularidad, coronada por la incierta medición de los tiempos, contribuye a rematar un malogrado producto, totalmente prescindible para la historia del cine, que nunca debió traspasar sus fronteras… ni ver la luz. Sorprende la simpleza con la que es abordado el desenlace, tanto como el descaro con el que se trunca el factor sorpresa, la recreación enfermiza de los traseros nativos, la penosa planificación de los acontecimientos. Se da el hecho, además, de que incluso las magníficas escenas subacuáticas pierden su brillantez al resultar repetitivas, incurriendo en otro error de guión, el que hace posible que los extranjeros consigan burlar a los lugareños en sus propias grutas.

Una película, en definitiva, que no convencerá a los amantes del suspense, ni del terror, ni a los seguidores de Peter Jackson, maestro del gore. Una historia que ni siquiera los adictos e incondicionales de algunos de estos géneros podemos defender.
publicado por Bruji el 3 agosto, 2007

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