Si alguien desea sentarse en una cómoda butaca de un cine y dejarse contaminar por una caterva espasmódica de imágenes impactantes, haga el favor de apuntarse la película en la agenda y no se verá, en modo alguno, decepcionado.
A renglón seguido de esta fanfarria de efectos, la cosa tiene su miga de humor, su punto de comedia y hasta una pequeña historia de amor con acné que funciona con pasmosa naturalidad. Y hay escenas delirantes que convencerán o al menos no disgustarán en demasía( insisto ) al crítico ácido que ya viene con las líneas escritas y sólo espera que el discurso gilipollesco de este tipo de cine confirme lo que su muy entrenada y ágil visión profesional ya había previsto: un desparrame mastodóntico de maravillas de ordenador ahombradas a un guión insulso, magro en talento y siempre demasiado largo. Apunto la escena en la que los robots de marras acuden a casa del protagonista en busca de un objeto absolutamente necesario para el correcto desarrollo de la trama. O algunos surrealistas diálogos acera de la bondad de la democracia y la masturbación como método zen de descontaminación intelectual.
El resto: Transformers es una película pesadísima. Debe ser por los metales. Se alarga sin necesidad y abusa de lo que buenamente uno acepta que agrada: la coreografía de salvajadas infográficas, la destrucción masiva de todo lo que salga al paso. Si prescindimos del lujoso aparato pirotécnico, únicamente encontramos fallas en el terreno, fracturas evidentes, limitaciones para enjuiciar este almacén de piruetas electrónicas con meridiana objetividad. Caso bien distinto sería si el entusiasmado espectador ya viene convenientemente calentado al evento por haber sido fan de la serie o fino degustador de los juguetes de marras en sus años mozos. Entonces Transformers no sólo es su película: será su biblia en pasta, su catecismo digital, su amor de verano infinito. O todo junto y engrasado con aceite sideral para que no pierde compostura el ensamblaje místico de las piezas. No es ése, no, mi caso.
El tufo americanista del director socava el interés universal de la historia, pero los adolescentes golosamente apoltronados en su butaca, devorando palomitas y sorbiedo con estruendo el refresco no precisan de semiótica ni han comprometido la calidad de su ocio con ningún catedrático de Historia del Cine que pretenda ( los hay ) machacar el cine de acción sólo por ser de acción ( género normalmente ninguneado en la historiografía y escasamente glorificado en las habituales listas de mejores películas ). Estos críos pasarán un rato inolvidable. El cine debe entretener y éste lo hace en modo mayúsculo.
¿ Que es un rollo de película ? El rollo más gordo de este verano y del verano pasado y del otro, pero hace tiempo que uno película no tiene pinta de barrer en taquilla como lo va a hacer ésta. Y de eso se trata y ahí es donde Bay y Spielberg ( Dreamworks, por favor ) han puesto todo su empeño.
Lo mejor: La apuesta ganada por el delirio visual, por esa fantástica y pantagruélica sesión alimenticia de efectos especiales. Algo no visto hasta ahora, en mi modesta opinión.
Lo peor: Que es una película de guión previsible, claro está; que no logra sortear ciertos ridículos en su sencilla y blandengue trama; que hay mucho hierro, que hay mucho hierro.
