Yo, que vi Ghost con la edad a la que hay que ver Ghost, entiendo que este insoportable batiburrillo de amores imposibles y viajes astrales reconforte el alma adolescente, necesitada de ardores metafísicos sencillos, de melodramas modernos no demasiado cargados de significado. Con todo, el film – que parece ser remake de una cinta sueca no distribuida por estos lares – no está entre los más malos del año, pero le ha faltado verdaderamente poco. El perpetrador de esta casi-infamia ( David S. Goyer ) tiene en su vitrina de logros haber escrito el estupendo guión de Batman begins. En su cajoncito de pecados está haber dirigido Blade Trinity: esa rara conjunción de aciertos y de fatalidades no podía garantizar que aquí nos fuese franca la suerte y asistiéramos a una buena película.
Está uno ya muy de vuelta de muchachos atormentados, tocados por el numen de la belleza y muy sofisticadamente abocados a redimir los pecados ajenos con su generosidad y ancha filantropía y en Lo que no se ve ( The invisible en inglés ) hay uno particularmente pelmazo, irritante, coñazo en grado muy sumo.
Lo mejor: Su correcta factura. Nada de lo que en pantalla aparece - quitemos el sonido, no seamos excesivamente exigentes, por favor - irrita nuestra sensibilidad artística. Tampoco nada la engolosina ni la mueve al siempre agradecido asombro.
Lo peor: Casi todo lo demás.
