El inventario de personajes ha crecido, pero todos se manifiestan previsibles. Lo que en las dos primeras historias era subversión e irreverencia, aquí es una tropelía de gags quemados que nunca incomodan ( es cierto ), pero que producen la extraña sensación de que estamos asistiendo a un descarada flatulencia mental cuyo más manifiesto propósito es esquilmarnos el bolsillo sin que, a cambio, nos ofrezcan lo que la nostalgia prometía, es decir, la escatología inteligente, la humorada crítica, el feliz encuentro entre el cine adulto – en este caso, animado – y el cine infantil, tan denostado, tan convertido en mercancía, en material fungible y despreciable durante tanto tiempo. Me ha sonado esto a ocasión desaprovechada, pero tampoco estoy decepcionado como para no recomendarla. Valdrían dos o tres antológicos escenas para justificar el trayecto. Me acuerdo ahora de una sencillamente genial: la ñoña melodía a lo Disney que de pronto se encabrita y se escora, sin fractura apreciable, a los gritos demoníacos de Robert Plant en una de sus salvajes epifanías vocales. Quizá esté ahí, en la formidable selección musical – de Damian Rice a los Wings de Paul McCartney – donde reside el todavía agitado encanto de este prodigioso ejercicio de ventas veraniegas.
Lo mejor: La música, indiscutiblemente. Ya ni el gato hace gracia.
Lo peor: Que está ya todo muy visto. Ya lo dijo el poeta: Todo lo que está lo suficientemente visto NO asombra. ¿ Asombro en esta entrega ? Muy poquito, el mínimo.
