Manipuladora, didáctica, solemne de a ratos y a todas luces necesaria. Opresiva en muchos momentos, con ritmo sostenido y excelentes actuaciones lideradas por Bruno Ganz.

★★★★★ Excelente

Oliver Hirschbiegel (El Experimento), finalmente fue el responsable de una de las obras más duras y realistas que se hicieron en el cine sobre la segunda guerra mundial, amén de un mea culpa alemán que llega con muchos años de atraso. A años luz de la exitista La Lista de Schindler y de la mejor El Pianista, aunque ambas pecarían de liviandad en comparación.

Esto no quiere decir que El hundimiento cumpla con todas las expectativas -y menos las políticas- pero sí las del mundo y las reglas del cine. Los últimos días del gran dictador son abordados con crudeza y didactismo -no es un tema ni un film fácil de realizar-, basados en el libro del historiador Joachim Fest (Der Untergang) y principalmente en las memorias de la secretaria de Hitler, Traudl Junge.

Comencemos dejando en claro algunas de las críticas que se le hicieron al film, uno de los más criticados y alabados de ese año. Esta película nunca llega a ser condescendiente o mitificadora de la figura del Fuhrer. Es verdad que se lo muestra cariñoso con su secretaria o a los besos con su perra, pero no se centra para nada en ello. Es más, a los diez minutos uno ya lo odia. Prevalecen su paranoia, su falta de tacto, sus delirios de grandeza y una conducta asesina.

Tampoco es claustrofóbica a pesar de que todo transcurre en el bunker subterráneo de Berlín, donde Hitler paso sus últimos días pero solo aparentemente. Son mostradas las calles de la ciudad y las vicisitudes de la gente, con un niño y un soldado médico alemán -el profesor Schenck- como ejemplos de civismo, y también para lograr alguna empatía con el espectador.

Es verdad que nada se muestra de los campos de concentración, pero es otra historia la que aquí se cuenta. Son los propios alemanes los que son exterminados por el ejército rojo, sin dejar de ser los “malos” de la historia. El hundimiento también es manipuladora, didáctica, solemne de a ratos y a todas luces necesaria. Opresiva en muchos momentos, con ritmo sostenido y las excelentes actuaciones lideradas por Bruno Ganz, un realista y por ello delirante Hitler.

Su espalda encorvada, su Parkinson avanzado, su mirada perdida forman parte de un todo que asombra. Nos desnuda (sin sobreactuación) la decadencia de la más grande pesadilla mundial en su punto justo de crueldad, que incluso vencido, quiere arrastrar consigo la mayor cantidad de gente posible.

“No les tengo lástima. No los forzamos. Nos votaron y nos entregaron un mandato. Y ahora lo están pagando” dice en un momento de furia. Sin palabras. El error del director es regodearse con algunas ejecuciones con imágenes fuertes -como la de los hijos de Goebbels- y no mostrar la de él mismo junto a su esposa, con una elipsis salvadora.

Error que hecha a perder parte de la posibilidad de interpelar a su propia y negra historia pero que no empaña el resultado del film.
publicado por JLO el 17 junio, 2007

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