Inasequible cinta de blues y sudor, de redencíones poco pedagógicas y tópicos del Sur Profundo americano, que resulta pelmaza e inverosímil desde sus primeros minutos.

★★☆☆☆ Mediocre

Probablemente esta cinta se adhiera sin dificultad a aquel célebre adagio de anónimo autor que pedía hacer de la dificultad virtud porque Black snake moan es una cinta curiosa, por lo menos, y es también distinta. La curiosidad y la diferencia no hacen buenas películas pero se agradecen cuando nos abruman con taquillazos de resolución previsible e ingenio plano. Es también un cuadro de costumbres, un retrato pintoresco del sur norteamericano con brochazos toscos de blues primitivo, tocado a palo seco, nacido del alma y cantado con el suficiente dolor como para que sea creíble. Ahí es posible que nazca todo posible interés por Black snake moan, aunque habrá quien pague butaca por ver las procacidades de Christina Ricci en un papel de riesgo, pero agradecido y en el que desenvuelve estupendamente: una ninfómana feroz que no tiene carne que arrimarse y lampa por dejarse crucificar por cualquier berraco de barra de bar que se le ponga a tiro. O al hasta hoy aburrido Samuel L. Jackson – ¿ cuándo fue su última película decente ? – que recrea a un personaje deprimido, cerrado, alojado en la plácida nebulosa de los blues y recordando los tiempos felices, cuando los tocaba en un escenario y estaba felizmente casado. Estos dos personajes, signados por la fatalidad, conmovedoramente arrastrados por las miserias de la vida y casi sin recursos para sobreponerse, son lo único salvable del film, que ya es bastante. A su alrededor, un guión penoso, excesivo, imposible de creer, trabajosamente fatigado durante un metraje siempre demasiado largo.

Vamos a tener en cuenta una cosa: si un blues dura tres minutos, una película que recrea, en lo fundamental, un blues debe ser un corto o un mini-corto o un clip de esos que ocupan los archivos cuasi-infinitos del youtube. No, taxativamente, una película, un largometraje, como se decía antes. Hay un momento en el que estamos saturados de historia, empapados, hartos de que la niña con furor uterino se revuelque con quien sea a causa de su adicción al sexo. El bluesman hace de terapeuta, de psicólogo, de padre y de gurú para sacarla de su esclavitud venerea y ponerla otra vez a rendir a la sociedad y verse recompensado por ello. Ya está. Debo añadir – no crea que estropee nada contando este pequeño detalle de atrezzo – que los métodos de recuperación perpetrados por el viejo bluesman consiste en atar a la moza a un radiador y esperar que el “mono” acuda y aplaque el vértigo de la carne. Esta mezcla absurda de sudor y rasgueos de guitarra va a irritar a más de uno, lo sé. Va a incomodar a quien acuda al cine a ver cine. Es un mero despliegue de actuaciones brillantes, de atmósferas bien montadas y de una estupenda planificación en el montaje.

En su demérito, no hay guión o el que parece que aspira a serlo falla tanto que se pierde en un naufragio de estupendas intenciones, pero baldíos resultados. Queda, en todo caso, el respeto de un director, Craig Brewer, por el blues y la elección formidable de unos actores en estado de gracia, conjurados en sacar adelante una empresa irregular, extraña, en ningún momento creíble. Hubiesen hecho un videoclip para cualquier nueva canción de Robert Cray o de mi adorado B.B. King y esto habría sido el golpe audiovisual del año. Al menos en la MTV. La música es la cura. El blues es la cura, que cantaba John Lee Hooker acompañado por Santana en una pieza que me he puesto de fondo para escribir con más motivación esta reseña.
Lo mejor: Samuel L. Jackson y Christina Ricci. Y sobre todo, el valor de la actriz para hacer un papel tan atrevido en estos tiempos de mesura carnal....
Lo peor: Su guión, inverosímil, aburrido hasta la pereza.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 16 junio, 2007

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