La Ocean’s saga, como la Danny’s Banda, realidad y ficción, cuenta con un equipo de guante blanco que funciona.

★★★☆☆ Buena

Oceans 13

La Ocean’s saga, como la Danny’s Banda, tiene la habilidad de saber atracar en taquilla, sin que nadie logre entender, con precisión, los métodos que utiliza. Bien sea por el probado virtuosismo técnico que demuestra Steven Soderbergh cámara en mano, por sus planos imposibles, el impecable montaje que caracteriza a sus cintas, el savoir être de Clooney, o por el impactante atractivo físico de Brad Pitt; lo cierto y verdad es que, en ambos casos, realidad y ficción, nos encontramos con un equipo de guante blanco que funciona.

Mala consejera es la soberbia, aunque venga disfrazada de entusiasmo y precedida de orgullo justificado. Ni, al parecer, era verdad la pretenciosa afirmación que, allá por el siglo II a. de C., formulara Arquímedes de Siracusa: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”; ni, por supuesto, es cierta la creencia de la Warner en el siglo XXI, según la cual, “con grandes estrellas, se hacen buenas películas”. Esta técnica, -mayoritariamente utilizada por los productores en los años sesenta, en plena decadencia del sistema de estudios-, ya quedó obsoleta. Mas, como dijera Mankiewicz en Mujeres en Venecia, “No es tan fácil hacer saltar la banca en Las Vegas como llevar una fantasía a Hollywood”, y Steven, el traidor del cine independiente, se atreve con ambos frentes para -y por encargo- entonar un viejo tema de Mecano. Aquél en el que la once es la una; la doce, la dos; y así, la thirteen es tres.

Si desde un punto de vista estrictamente cinematográfico no se puede catalogar a la thirteen de “buena”, es innegable que pronto se hallan sinónimos significativos, tales como efectiva, atrayente y resultona, para definirla.

Efectiva es, sin duda alguna, su irregular, cambiante y engañosa estructura narrativa, en todo momento, encaminada a acaparar la atención del espectador que no es ingeniero de telecomunicaciones, experimentado crupier ni gerente de casino. Brillante en la primera parte del metraje, consigue, con envidiable maestría, aunar los continuos flashbacks y las intermitentes voces en off en unos diálogos entrelazados que se solapan al eje central del argumento. Atrayente es la prodigiosa dirección de actores que realiza un experto en cintas corales que, además, desarrolla complicadas secuencias de planificación perfecta que, lamentablemente, pasan desapercibidas al intentar seguir la trama entre pantallas compartidas. Resultona es la fotografía, de especial contraste cromático, de quien, hasta hace poco, firmaba como Peter Andrews.

Y es que, le pese a quien sea, la ocean’s saga sabe a los clásicos, a las grandes producciones del mejor género bélico, a los repartos de primera línea que culminaron en el cine de catástrofes, al autor de reconocido prestigio que acepta trabajos de encargo para poder continuar con su propia filmografía, a la obsesión por los detalles en el Atraco Perfecto de Kubrick, a La Jungla de Asfalto de Huston.

En esta última ocasión, llegamos al punto en el que la flor y nata de los bajos fondos se emociona cuando los participantes de un concurso televisivo ganan una casa, al tiempo que le ajustan las cuentas a un as (Al Pacino) que se guardaban los guionistas en la manga. Atrás quedan las aventuras del Rat Pack, historias de furgón y zapatazo, para dar paso a unos delincuentes cultos y “glamourosos”, al estilo de Atrapa a un Ladrón de Hitchcock. Se echa de menos, sin embargo, la crítica social y el carácter ácido de los diálogos de La Cuadrilla de Los Once, quizás porque en éstos, algo o mucho tuvo que ver alguien llamado Billy Wilder. El intento de denuncia de las precarias condiciones económicas de los trabajadores mejicanos, que contrasta con el ritmo dinerario de los protagonistas americanos, no se llega a saborear por culpa de los chistes ridículos que se gastan a costa de tan noble pueblo.

Y ésta es, suponemos, la despedida de “unos jugadores analógicos en un mundo digital”, en el que Valencia es de California y el Greco hace de las suyas; justo en el preciso instante en el que los que estrecharon la mano de Frank Sinatra (y los que no) empiezan a cansarse del “atrezzo por el puro atrezzo”, los VIP y los NIP, el atribulado rostro de Clooney, la pose de guapo de Pitt y las máquinas tragaperras.

En cualquier caso, no conviene olvidar que nuestro punto fuerte (el ego) es siempre nuestro punto débil, y que “cuando alguien se avergüenza de lo que siempre ha sido, pierde su esencia”. Sabios consejos, aunque procedan del mundo del hampa.
publicado por Bruji el 13 junio, 2007

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