La película es un ejemplo perfecto para explicar al que no sabe qué cosa es el western: pueblos que aparecen en la nada y que viven alrededor de la taberna donde las barras de bar son interminables y el whisky es el ocio de los desposeídos y de los que lampan por un futuro mejor; sheriffs con un severo estricto del deber y una bien asentada integridad moral; pianistas que vienen a ser juke-box de la época… Pasión de los fuertes ( My darling Clementine ) es, por otra lado, Duelo de titanes, La hora de las pistolas, Tombstone, Duelo en OK Corral o Wyatt Earp: todas son la misma película. John Ford hace la versión más libre del argumento primigenio, la que más se aparta del libreto y escenifica la visión sociopolítica de un hombre que inventó, a su manera, un género, el western. Tombstone, el pueblo antológico, al que Bob Dylan dedicó un acelerado blues inmortal, es este Tombstone de Ford. Henry Fonda es Wyatt Earp, el ganadero al que el azar y la venganza convierten en sheriff.
Doc Holliday, ese cirujano atormentado, conflictivo y en continuo proceso de redención personal es Victor Mature. Y John Ford, claro está, que tiene el ingenio y la sensibilidad de convertir la violencia en poesía, de subvertir un argumento necesariamente ágil y propenso a la acción en un intimista cuadro de costumbres, en un bello retrato de una sociedad naciente, en donde los hombres mataban y morían por asuntos triviales y donde la ley era una conversación entre caballeros acodados en la barra de un bar.
Lo mejor: Henry Fonda, creíble en todo momento, nada agitado por las circunstancias, pero destinado a forjar una épica.
Lo peor: ¿Diré que nada?
