Recital de vísceras orquestado por una sierra mecánico, un cerebro desquiciado.

★★☆☆☆ Mediocre

La matanza de Texas: el origen

A veces es posible separar el cine como expresión artística, regulada bajo el gobierno de la belleza o del pensamiento crítico y tutelado por creadores sensibles, del cine como mero comercio, sujeto a las leyes del mercado y tutelado por mercaderes. La glotonería financiera, su gana de hacer caja puede coincidir con la ambición artística. Hay muchos ejemplos con los que demostrar esta aseveración tan tajante. El lector puedo pensar en algunos. Hay cientos. Como también hay miles de bodrios absolutamente condenables que únicamente apelan al sonido metálico del dólar o del euro y que se abastecen del morbo y de la necesidad del ser humano de alimentos espirituales frívolos, delgados y perecederos. A la vista del franco deterioro de la inventiva y de los recursos originales, el cine – como empresa – tiró de éxitos contrastados, se asesoró por publicistas y sociólogos y encontró la gallina de los huevos de oro con la feliz idea de añadir un número a un film rentable. Sea cual fuere su año de producción, un argumento no se acaba en el “the end” clásico sino que pide una continuación, una segunda parte que, caso de dar dividendos sustanciosos, generaría una tercera y así ad vomitum.

El cine – como arte – perdía su aureola de inocencia y ganaba como empresa desprejuiciadamente fondeada en el puerto internacional del oro y de la plata. Honradas secuelas salvan esta fascinación por pensar poco y vivir de las rentas más en sintonía con la filosofía de la televisión y su fragmentada programación que con un sentido de unidad cerrada y de trabajo acabado, inherente al concepto tradicional y asumido de cine.

Aquí no acaba esta pequeña historia: el último tesoro de estos filibusteros de fotogramas ha sido la precuela, que es un término de dudosa aceptación por nuestra ínclita y sapiente R.A.E., pero que ya nos va sonando a todos. Se trata de buscar el pasado de lo que funcionó en el futuro. Asesinos en serie con una infancia a descubrir. Sagas galácticas que precisan un explicatorio narrativo sólido para apreciar con más fijeza el contexto de lo que ya sabemos. Este vértigo descoloca al espectador puduroso, al que hay que proveer de plano y linterna para que no se pierda en la rocambola descarada de flashbacks, recuerdos e historias perdidos en el limbo del tiempo que debe conocer para no perderse la trama de lo que el proyectista va a enchufarle.

El cine nace y se rehace con estas operaciones cutáneas que le dejan la piel más tersa, pero químicamente más contaminada. La culpa o parte de la culpa la tiene el mago Lucas, cuya monumental historia de las galaxias ha abierto una senda inconcebible hace unos años, pero difícilmente borrable y a la que todo cineasta en apuros o toda productora golosa de pasta acude porque el cine, no nos engañemos, no siempre es Arte y en ocasiones se deja manosear por estos asuntos ajenos a la verdadera causa de su existencia, que en otro escrito dejaremos anotado cuál pueda ser.

En el tema que nos ocupa, tenemos una precuela de un remake o lo que viene a ser lo mismo, una historia antigua de una historia moderna que es copia de una historia intermedia. Y que nadie chiste: aquí de lo que se trata es de ver la película y pensar poco o incluso no pensar nada. Y disfrutar, si se puede.

¿ Disfrutamos de La matanza de Texas, el orígen ? A medias. Eso de dotar de una infancia a un psicópata es como buscarle el punto G a una jauría de leonas hambrientas. Coger aquí el clásico de Tobe Hopper de 1.974 es un abuso. Ya ha habido versiones suficientes y todas inciden en lo que la primera evitaba: el reguero de sangre, el gore pornográfico, la explicitada masacre con vísceras, amputaciones y otras salvajadas paridas por la mente de una bestia sin cerebro con la cara desfigurada y una pestilente máscara de cuero cubriéndola. Al animal le vestimos con una sierra mecánica, lo soltamos en la América profunda ( Texas, qué más da el Estado, todos tienen sótanos y carreteras perdidas reventonas de tarados ) y ya sólo falta el ganado a descabezar, que suele ser una piara fresca de hermosas féminas con las hormonas a punto de estallarles las tetas y hombretones de probada eficacia en las juergas. Todos, lo sabemos, van a morir y nos sentamos cómodamente en la butaca para asistir al despiece.

La propuesta de esta novedad de videoclub ( no es otra cosa, no debe serlo ) es una estafa porque no sostiene nada de lo que ofrece con cordura y un sentido racional de la trama. Leatherface, el bichaco, el puñetero asesino, nace en un matadero y crece a la vera de unos tíos que lo educan en el tenebrismo de una sociedad débil, aislada y convertida en un desfile de tullidos mentales que tratan por todos los medios de no sufrir en este mundo y, sobre todo, de no pasar hambre. En Las uvas de la ira, cuando pasaban hambre, no recorrían las polvorientas carreteras de segunda buscando carnaza para acompañar el caldo en la olla del mediodía. Pues aquí la familia come invitados y se santiguan y piden a Dios, como en la famosa escena de Tara, que nunca volverán a pasar hambre. Pues muy bien.

Últimamente no puedo evitar pensar en Freud cuando veo cine. Me imagino cómo se frotaría las manos con la caterva de descerebrados que la sociedad americana, retratada en su cine, ha regalado al mundo. O coreana. O danesa. El cabronazo de la moto-sierra debió pasarlas canutas en su tierna infancia escolar. Se reirían de él lo más grande. Que luego fuese contratado como matarife en una empresa de carnes da ya el patrón por el que va a discurrir su sanguinolenta existencia. Ya está. Ahí se acaban los orígenes que se citan en el título. Después hay acción y brutalidad hasta el paroxismo: todos los jóvenes que el azar arrojó a la tragedia terminan deshuesados, abiertos en canal, todo contado sin pudor alguno, exhibiendo una más que directa contemplación de los crímenes. No he sido yo nunca amante ni siquiera amigo o conocido de ese género llamado gore.

Me ha repelido la abundancia de leucocitos y la visión pura y dura de las vísceras a ras de ojo, pero esto roza la clasificación “X” y me he prometido seriamente no volver a caer en estos deslices. Que hay cine bueno como para ocupar una vida viendo una película tras otra sin otra preocupación que ir al servicio entre pase y pase y comer, tal vez, y beber o pararse de pronto para asimilar lo visto y regresar limpio de corazón y ávido de historias.

Dato cinéfilo, que alguno hay: R. Lee Emery, un actor estupendo y poco visto, es el sargento porculero de La chaqueta metálica de Kubrick y aquí tiene el hombre su minuto de gloria cuando recompone en la espalda de uno de los jovenzuelos atrapados su discurso de disciplina, autoridad y valor.

Jonathan Liesban, que dirige esta masacre, nunca mejor dicho, cuenta con material clásico y lo filma con oficio. No entro en considerar la eficiencia de un director o el grado de cumplimiento de un équipo técnico o de reparto. No entro porque quizá no existan trozos ridículos o errores de principiante. Hasta leí que Liesban era un artesano y que no ha podido hacer más de lo que hizo. Todo está supeditado al rigor de la historia: al maratón de truculencias que harán las delicias del aficionado al género, de eso no tengo duda ninguna.

En fin, que ahora mismo voy preparando algo de Fritz Lang para después de la cena. O acudo al original de Hopper, tan vapuleada en su día, tan entregado a la ferocidad de la crítica, que no entendió la falta de psicología de los personajes o la crudeza sádica de lo contado. Eso era el principio, y por arrancar ahí todo, la cinta original – al menos – cubría una cuota digna en la Historia del Cine.

Esta vuelta de tuerca es innecesario, pero eso me parece que ya lo he dicho.
Lo mejor: Ya quemado, ya visto cien veces, pero el retrato áspero y polvoriento, gótico y primitivo de la América Profunda, que tiene la virtud de parir tarados, psicópatas y asesinos en serie como la Italia de los Medicis paría pintores y arquitectos de postín.
Lo peor: La mirada adolescente: la idea de que estamos viendo una película destinada a quinceañeros, gente ávida de emociones fuertes y coreografías malsanas de cuerpos mutilados y rubias siliconadas abiertas en canal en el minuto 56.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 1 junio, 2007

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