Gibson se une con dignidad a esta lista y firma una película fresca, directa, sin pudor, que divierte igual que hace pensar. De poco sirven las críticas académicas sobre su historicidad, ni los ataques de pudor contra sus escenas de violencia explíci

★★★☆☆ Buena

Apocalypto

La historia del celuloide nos ha regalado no pocas películas que con mayor o menor acierto, y con más o menos profundidad, han abordado el siempre apetecible asunto de los orígenes, la naturaleza y la decadencia de nuestra civilización. Desde películas vindicativas de la bondad de la vida en cautividad, sin el contagio venenoso de la voraz maquinaria civilizadora, como las estupendas La selva esmeralda (Boorman), La costa de los mosquitos (Weir) o Las aventuras de Jeremías Johnson (Pollack), la mantequillosa Bailando con lobos o la militante Gorilas en la niebla, pasando por estudios antropológicos como El pequeño salvaje (Truffaut), Nanuk el esquimal (Flaherty), o esa joyita llamada Dersu Uzala (Kurosawa), o películas sobre una insondable y devoradora Naturaleza, que acaba devorando a quienes intentan conquistarla (Aguirre, la cólera de Dios). Sin olvidar obras fascinantes sobre el natural potencial destructor del ser humano (Apocalypse Now).

También tenemos infinitas escatologías que premonizan lo mal que le irá al mundo si sigue agotando los recursos naturales (El día de mañana), investigando en temas que sólo competen Dios o la Madre Naturaleza (Frankenstein, 12 monos), o desarrollando inteligencia artificial capaz de sustituirnos o incluso utilizarnos como energía (Terminator, Matrix). Y si sacamos punta llegaremos incluso a algunos productos Disney que alaban las grandezas rousseaunianas de la vida natural, libre y despreocupada (El libro de la selva, Robin Hood, Tarzán), o sus acechantes peligros (Bambi, El Rey León, Buscando a Nemo).

Gibson se une con dignidad a esta lista y firma una película fresca, directa, sin pudor, que divierte igual que hace pensar. De poco sirven las críticas académicas sobre su historicidad, ni los ataques de pudor contra sus escenas de violencia explícita. A Gibson le ha quedado una película sabiamente sazonada, con perdón de los detractores del picante. Quien quiera ver una puesta en escena trepidante (esos treinta minutos finales de persecución son tan bellos como emocionantes). Me hicieron recordar mucho el final de La selva esmeralda.

Además, es de agradecer un reparto desconocido y una versión original (en lengua Yucatec Maya, que aún se habla en la Península de Yucatán) que nos sitúan sin muletas en la historia que se quiere contar.

Por otro lado, quienes se diviertan sacando punta a un guión que con modestia y sin aspavientos antropológicos indaga en las paradojas de toda civilización, tienen en Apocalypto no pocos cafés de debate y discusión. A mi juicio, Gibson –preocupado siempre por preservar los valores individualistas de construyen todo héroe americano (Braveheat, La pasión de Cristo, Cuando éramos soldados), o subrayando la necesidad de proteger la familia como baluarte de toda comunidad (Rescate, El patriota, Señales) que no acabe asfixiándose por el afán de logro capitalista o los temores que sitúan al extranjero (las tribus vecinas) como la diana de sus odios- nos presenta el viaje épico de un superviviente de ese mundo civilizado -es decir, inmoral, dominante y autocomplaciente- en pos de proteger a su mujer e hijos de sus egotistas garras. La felicidad está siempre en otro lugar, fuera de todo imperio, sea maya o español (más feroz si cabe, ya que no sólo intentará dominar cuerpos sino también almas a las que salvar del infierno eterno), pero siempre en familia. No es extraño el final propuesto por Gibson, nada ilógico.

Como tampoco que se indague constantemente en las relaciones familiares como catalizadoras del carácter de sus sociedades. Así, el padre maya tiene dos hijos a los que inculca fortaleza con mano dura (como decían Hobbes o Maquiavelo, las sociedades se fundan en el temor), frente al protagonista, cuyo padre buscará que su hijo tampoco tema, pero sin medirse frente a los otros como enemigos potenciales, y sí discerniendo en su interior sobre aquello que le inquieta. Como diría Yoda, el temor lleva al odio y el odio al Lado Oscuro de la Fuerza. Cosas del manual de psicología básica made in USA.

Por eso Gibson se preocupa en la media hora inicial por mostrarnos la sencilla pero eficaz felicidad que vive toda pequeña comunidad en un medio rural (en este caso tropical), ocupada en quehaceres caseros y risas inocentes. Incluyendo en el lote a la típica suegra absorbente. Esta comunidad no toma como suyo lo que la tierra le da, sin posibilidad de compartirlo con otros; por eso el jefe del clan permitirá a la tribu visitante establecerse allí sin hostilidad. En esto Gibson es americano hasta la médula. Los valores del viejo colono –ya se sabe por los westerns- son el amor a su familia y a la tierra (si es que hay diferencia entre ambos). De hecho, Gibson es el sexto de una familia de once hermanos, y actualmente él mismo tiene siete zagales.
publicado por Ramón Besonías el 28 mayo, 2007

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