El cine es engaño, al fin y al cabo. Haneke domina el medio cinematográfico, pero se burla de un espectador al que manipula con estilo. El cine es manipulación, al fin y al cabo.

★★☆☆☆ Mediocre

Cache Escondido

Los intelectuales, en Francia, son legión, son unos héroes, son admirables, respetados. Al intelectual galo se le releva del compromiso mundano con las rutinas de un trabajo estajanovista y proletario y se le ocupa en un micrófono o se le da una columna para que viva exento de los primores de lo vulgar y sobre ese altar despotrique con desapasionamiento contra el discurso de lo social, la trama política y las formas de la cultura. El protagonista de esta cinta, Georges Laurent, interpretada magníficamente por Daniel Auteil, es ese héroe: el personaje que no construye su vida bajo el avatar de la épica al modo clásico, pero que escalafona en la sociedad como el guerrero de antaño y ocupa un lugar irreemplazable, el lugar del crítico. Eso, en España, es todavía impensable. Francia, en términos de laicidad, en estos flecos de la cultura, nos lleva cuarenta años de ventaja.
Haneke, el director, es un crítico más: uno que se ha arrobado la revelación pública de la corrección política bajo la que palpitan, enconadas, mentiras, desastres, miserias y barbaries de variado pelaje.

Haneke levanta una fábula sobre la hostilidad del Estado de Bienestar, un cuento moral sobre la fragilidad de esta Europa de alianzas y pactos fragmentados por imperativos locales demasiado poderosos, representada por un hombre de letras, un reconocido intelectual que advierte cómo algo o alguien le filma y le envía las cintas de esa grabación. Esa sensación de ser espiado produce una serie de consecuencias previsibles, pero una se aparta de la lógica, que es la que soporta el grueso de la trama del film. Laurent comienza a cuestionarse muy seriamente su vida al punto de indagar con vocación cuasidetectivesca sobre su propia existencia, sobre su propio pasado. El suyo que es el pasado de Francia desde que la Segunda Guerra Mundial sellara las heridas de varios siglos de renuncias y fracturas sociales.

Embutido en un ampuloso diseño de thriller, Caché exhibe un más que convincente dominio de lo narrativo. La trama va abriendo tramas nuevas y clausurando certeramente otras. El grado de suspense está, no obstante, abruptamente abortado.

No es posible amenizar un film de esta hondura política sin que las concesiones comerciales, en ocasiones, parezcan demasiado livianas. Como si Haneke supiese que debe rebajar el tono doctrinal y apocalíptico y permitir retazos de cordura, aires frescos, cometas que vuelen la esperanza de la redención.


El lenguaje, excesivamente elíptico, fragmentado, como roto a posta, obliga a tomar un posicionamiento muy activo en el visionado del film: la ficción y la realidad, los instrumentos tradicionales de la composición literaria, se engarzán aquí formidablemente.

Las cintas de video son trampas de lo real, bombas ideológicas que dinamitan la plácida vida libresca de un matrimonio enteramente funcional, integrado y, sobre todo, ficticiamente blindado ante los rigores de la realidad. Cuando los mecanismos de protección se desactivan, la vida se hace thriller, adopta matices de suspense puro y termina, obligada y tozudamente, cuestionando la verdadera naturaleza del alma humana, la que conecta lo banal con lo trágico, lo estrictamente cultural con lo patológico.

El film se cierra sin cerrarse: propone todo sin dar soluciones válidos. Hay un sentimiento de engaño. El cine es engaño, al fin y al cabo. Haneke domina el medio cinematográfico, pero se burla de un espectador al que manipula con estilo. El cine es manipulación, al fin y al cabo.
Lo mejor: Que es distinto: que se separa del grueso de películas a las que vamos. Su abierta invitación a P-E-N-S-A-R. Santiago Segura no sabe cómo hacer eso.
Lo peor: Su, en momentos, espesura. Su conciencia de ser espesa. Su intencionalidad minoritaria.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 15 mayo, 2007

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