No sé todavía si el proyecto es sencillamente guarro o es exótico o es cine artie de resonancias hippies. No sé si es saludable esta militancia en lo voyeurista o hay alguna desviación estética ( no diré moral ) en el espectáculo abigarrado, soez y kitsch de este universo plástico de individuos telúricamente perturbados por la asfixia existencial del sexo. Freud los pillara.
Sin ser un bodrio de film, es prescindible. Sin ser aberrante, es obscena. Como si a Woody Allen, en una paranoia hebreo-burlesca, se le ocurriera encabritar a sus tarados habituales y ponerlos a cabalgar mozas y mozos mientras la ciudad, al fondo, palpita como un feto colado por el jazz.
Lo mejor: La naturaleza desvergonzada de todo el conjunto. Eso, en estos tiempos de pudibundias, se agradece.
Lo peor: Que se acaba uno cansando de tanta fantasía lúbrica y no acaba de sentirse cómodo viendo el desparrame homo-heterosexual. Y el porno es porno. Y el cine es cine.
