El entretenimiento suele estar reñido con la perfección cinematográfica. Es lo que ocurre con la esta nueva muesca en la carrera de Luna, cineasta tan atípica como criticada.

★☆☆☆☆ Pésima

Moscow Zero

Dispar. Así es la obra de María Lidón, más conocida en la industria por su apodo espacial que da idea de que orbita por otros lares. Su mirada atrevida al cine de hoy le hace merecedora de elogios y burlas.

A las segundas vamos a llegar muy pronto, sólo permítanme que recordemos la filmografía de Luna: comenzó con Náufragos, una aventura en Marte increíble y peor contada, para seguir después con Yo, puta, donde combinaba el tono documental con la farsa, contando con Daryl Hannah y Denise Richards.

¿De dónde saca la financiación para sus proyectos? ¿Cuáles son sus contactos en el mundillo? Deben ser interesantes para contar con intérpretes afamados como Val Kilmer y otros cotizados por su valía, caso de Joaquim de Almeida, que aquí no hace gala de ella. Ya que consigue tanto dinero, la cuestión que se plantea es el porqué de sus descuidos en el guión y las incoherentes interpretaciones de sus actores-estrella, que rozan el patetismo.

Que las entrañas de Moscú puedan generar una y decenas de historias dignas de llegar al cine es algo que no nos coge de improviso. ¿Por qué no consigue atraparnos esta bajada a los infiernos tomando como entrada el transporte metropolitano moscovita? El ambiente claustrofóbico y oscuro se contagia de una apatía formal que se traduce en planos repetitivos, música recurrente y un guión tosco que bebe de dos referentes ya clásicos: El espinazo del diablo, de Guillermo del Toro, y el rotundo cortometraje 7337, acerca de un grupo de niños que ‘se esconden’ en una escuela durante la Guerra civil española y… Hasta ahí podemos contar.

Dándole incluso el beneficio de la duda –puede que Luna no vea muchas producciones españolas-, Moscow zero debe remontar las pre-críticas que suele generar esta directora. Esto cuesta tanto o más que creernos que las profundidades de Moscú están controladas por tribus urbanas que aparecen y desaparecen por arte de magia y asisten perplejos a los delirios de un tipo obsesionado con leyendas que se remontan a 1920.

Mal narrado, este cuento resulta intragable, mucho más si se adereza con guiños absurdos: un cura que se besa con una peculiar guía de ese inframundo, la eterna lucha entre los vivos y los muertos por un mismo lugar en el mundo (de los vivos, claro) y los rápidos movimientos de cámara siguiendo estelas y sombras, las mismas de toda película de terror mala.

Por cierto, amigos directores de cine, algunas de las mejores historias del género ocurren a plena luz de día, caso de ¿Quién puede matar a un niño? Ahí no hay oscuridad que camufle las imperfecciones.
publicado por Daniel Galindo el 6 mayo, 2007

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