El desparpajo de los diálogos, tan literarios, produce la sensación de estar viendo alguna obra de teatro maravillosa…

★★★★☆ Muy Buena

La ferrea censura de la dictadura franquista, recién erigida como timón de la moralidad patria, no vio el enorme daño que esta película podía hacerle: se le escurrió su blasfema y liberal propuesta. Eso de que un ciudadano, uno muy precariamente abastecido de esperanzas en el mundo laboral y defenestrado por una novia firmemente convencida de la mediocridad del porvenir, decida suicidarse y proclame su adiós a este mundo, no casaba con la cristiana idea de soportar las penurias de este mundo a la espera de abrazar las bondades del otro, es decir, la teoría cósmico-redentora de la Iglesia Católica. Y menos todavía que el suicida, en plena posesión de sus facultades mentales, se dedique durante la entretenidísima hora y muy poco de metraje a pontificar la felicidad de su estado de ánimo y ningunear la aburrida, insulsa y decadente vida de quienes, ahogados por la miseria, amarrados a un matrimonio infeliz o esclavizados por un trabajo que nada les reporta y mal remunerado, subsisten sin otro beneficio que dejarse vivir melancólica y tal vez insensiblemente.

Wenceslao Fernández Florez, el genial escritor gallego, recrea el arquetipo del pícaro de nuestro Siglo de Oro, del tahúr enamorado de su manga, pero lo recompone y transforma en un pícaro-filósofo, lenguaraz y viperino, sentencioso y cuerdo hasta la licenciatura, que evidencia la tristeza enorme del mundo en el que le ha tocado suicidarse, uno lo suficientemente rico, discursivamente hablando, como para soportar sin fractura aparente el peso del argumento: no hay escena en la que no salga, no hay giro de la trama que no esté bien apuntalado a la luz de evolución psicológica del personaje.

Antológica, la escena en la que Federico Solá decide hacer pública su drástica decisión y en lugar de hablar de cemento armado, su especialidad profesional, usa la tribuna desde la que ha sido llamado a conferenciar para incomodar a la asombrada feligresía con un catecismo de verdades como puños hasta que, al final, pomposo, anuncia la audacia de su empresa.
Vertiginosa en sus diálogos, El hombre que se quiso matar es cine adulto, cine por encima de una producción cinematográfica enquistada en los rigores de una posguerra necesariamente pobre y donde el régimen había concebido la estrategia de entretener al pueblo con la ligereza folclórica de los sainetes, el almibarado retrato de las bondades de lo sencillo y, sobre todo, la escasa exigencia artística a una industria ( la del cine ) usada para entretener a vencedores y a vencidos, y unirlos, aunque sea en la oscuridad golosa del cine.

(Por momentos, cree uno estar asistiendo a una comedia de los hermanos Marx: diálogos chispeantes, surrealismo delirante….)
publicado por Emilio Calvo de Mora el 27 abril, 2007

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